viernes 5 de junio de 2009

“EL HOMBRE QUE LES LLORABA A LAS MUJERES” por Orfeo

MEDITACIONES EDÍPICAS EN LA MEDIANA EDAD

“EL HOMBRE QUE LES LLORABA A LAS MUJERES”

(Oda pagana, de Edipo a Afrodita; y muy cristiana, de un hijo a su madre bendita)

Por Orfeo

Dedicatoria: para mi madre, “Yocasta”; para una María, “ex señora, ni virgen y mártir”; y para el “incorrupto corazón y brazo a la vera del Tormes”, una santa y platónica amada.


La Diosa y las Musas que por mi boca cantan, han de desvelar lo siguiente a tres dueñas: madre, ex-esposa y “platónica amada”.
¡¿Quién soy yo, Madre?! ¡¿Quién soy?!
Por eso yo, ¡Madre!, a quien dirijo esta epístola como invocación, y reflexión más filosófica que psicoanalítica, te digo y te explico certero:
Yo soy aquel varón demediado, transterrado emigrante de mi natalicio entorno. Pues yo bendigo el terruño intrahistórico, mas maldigo la tierra que ganó aquella guerra por funestos cuervos de negra sotana. Pervertidos violadores de míseras niñas sin alma.
Yo así, y sin más, ¡Madre!, intuí tu extraño secreto, tu ambivalente y violenta ternura, tu rígido carácter de superviviente. Tu íntimo ser tan doliente. Mi inconsciente sustancia de trémulo juego de infancia. De sordo grito asustado en la noche. ¡Yo crío y fantoche!
Ahora, pues, aprehende tú mi propio misterio… ¡mi eterna Yocasta!
Yo soy aquel que sueña tristezas en grises tardes amargas. Que desde la cuna en nada se estima, al que todo lastima, por sufrir por mezquinos pecados ajenos, que en amarga posguerra, engendraron turbias heridas de amarga memoria…en los que perdieron la Gloria…en los que perdieron la Historia.
Yo soy aquel tierno infante, de enfermiza obediencia sumisa, que nunca osó levantarte los ojos, ni al padre ni a vos. El que casi todo lo debe a la escuela. Mi vital “esquela”. De discente a docente, de docente a discente. El que…Edipo fallido, en labios ajenos buscaba tus labios…el que, en fémina hembra añoraba consuelos en los años turbios de la adolescencia. Mi quebrada consciencia de pesadillas nocturnas.
Yo soy el que por tu bien y el de padre (y el que por su propia y débil angustia), aherrojó la flor de su juventud, y el licor de su deseo, en las nupcias y el yugo de institución tan añeja… ¡de trampas tan vieja!; y ello, sin haber conocido de la vida las mieles, de la vida las hieles en años bizarros. El que pecó, en suma, por llevar con pánico en sus bien aprendidos genes, tu agresividad exaltada, ¡impulsiva!, como forma de tétrico cariño y de vida. ¡Yo siempre tan niño! ¡Que gran desaliño! Al que no le preguntaron si quería decir “sí, quiero”, y sin embargo lo dijo en su inconsciencia consciente. El que con Hegel creyó cancelar y superar su antítesis, el que con Kierkegaard pensó en ascender de estadio…. De Estética a Ética… Mas… todo fue en vano.
Por eso, ¡Madre!, has de saber que cual reo en la trena he pagado mis penas, que fueron las tuyas, las que tú amamantaste. ¡Fallida nodriza! (¡Veinte años no es nada! ¡Que febril la mirada!, aunque las nieves del tiempo ya plateen mi sien). ¡Yo!, mal filósofo, peor psicólogo de vida mundana, pues nunca fui libre para decidir si debía de dejar de ser libre. ¡Yo!, de “ego” débil y frágil, de “super-ego” fuerte, rígido y exigente, y de “ello” de desbordante libido, cual mal encauzado fulgurante sentido. Pues traición y quimera es vivir el “Pathos” como “Eros” y el “Eros” como “Pathos”. Pasión tenebrosa es querer seducir con lágrimas de infausta fortuna, de lo femenino lo eterno que en ellas habita. ¡Que a mí me desborda! ¡Que a mí me palpita!
Por eso, ¡Madre!, ¡y escúchame bien!, yo soy aquel que ahora liberto…de ella, de ésta, de la perpetua y la misma, de la que con histérica pose, “belle indiference”, por “Chanel” perfumada, con lencería de lujo vestida y por mí…y por mí desnudada, tú maltrataste. A la que yo nunca amé y sí desprecié por no saber yo apreciarme. La que fue “Magdalena” de lágrimas paño, y buena samaritana de mi desdichada dolencia, de mi enfermiza presencia, de mi quejumbrosa ausencia… La que siempre y ahora, de piernas abierta, anuló mi conciencia… Calvario y sudario. Pañal y mortaja. Del moisés a la caja. A la que adicto, cual fiel heroína y en fin de semana…y en fin de semana… aún la devoro con saña en el parteluz de sus húmedos labios menores; sudado exudado, exhausto sorbiendo la hez de su menstruo. Su flujo y mi flujo, cual de marea reflujo. Pleamar, bajamar. Cadena y condena… Pues ella es la que en tiempos (y conmigo cual loco Quijote en el ristre la lanza), con mi enhiesta reja le labré mi simiente en la fértil tierra de su rica entraña; y de mi tronco parió dos frutas hermosas: Ismene y Antígona (¡o Higinia y Gabriela que lo mismo da!)…¿Era aquello Amor?...No lo tengo por tal en mi carne mortal.

Por eso, ¡Madre!, ¡y óyeme bien!, yo no quiero ser necio aprendiz de tahúr (fallido y fullero jugador sin ventaja, con barajas ajenas tan llenas de penas). ¡No!. No he de ser pues furtivo, cazador como el padre, pero de inciertas e infieles “piezas mayores en paños menores”. ¡No! ¡No!, que no quiero ser trivial, ni en el “fornicio” ni el vicio, en estos tiempos fallidos de falsas igualdades sexuales… tan nada sensuales.
Porque, ¡Madre!, yo soy como aquel visionario danés de escrupulosa conciencia, que murió prematuro atisbando un futuro, en el que, como yo ahora y siempre, busco y buscaba inocente a “Regina” (mi Regina Olsen). Pues con torpe sordina yo soy imposible Don Juan, (y de sus múltiples máscaras, “Burlador de Sevilla”), que frente al sabio “Tresguerres”, de ovetense ciudad, prefiero,…de los amores,… ¡el Amor! ¡Así con mayúsculas! Aunque del enamoramiento el tormento no me pueda librar. ¡Yo!, tan tímido. ¡Yo!, el erotómano. El de Ashbee lector. ¡Yo!, que de lunes a viernes,…que de lunes a viernes temblando con pánico miedo, llamo “rosas” por nombre inocente a las que medroso siento como espinas clavadas… ¡dolientes!
Mas todavía, ¡Madre!, ¡y entiéndelo bien!, un lunes, un martes o un miércoles, yo puedo ser un otro muy otro, cuando en el espejo de tu vida me miro, y aún yo en él bien me admiro. ¡Yo!, el que le escribe sonetos y le piensa canciones (que son oraciones que son bendiciones), a la que, cuadrando ecuaciones y enlazando electrones, absorto contemplo por su rostro y nombre de santa. Tonadas de antaño, de mi bisabuela, que nada le dicen en tiempos de hogaño (“Eres bonita y mimbreña, como junco de ribera, de entre las mozas de este pueblo tú te llevas la bandera”. O esta otra: “En el rostro tienes pecas, en la garganta lunares y en el corazón más virtudes que rosas en los rosales, que velas en los altares”).
¡Ella!... ¡tan… minimalista! Que es posmoderna Diotima y aún no lo sabe. Que…, muy al uso de hoy, se siente segura y no me acepta un piropo, por serle un enojo que causa desaire mas no da sonrojo. De “ideológico género” con no ser feminista. Que,… muy sibarita, cata “Albariño” y langosta degusta. ¡Y me gusta!... ¡Yo!, que le suspiro y le exclamo, pues como el poeta, con Lope, sé, que un invierno solo es sólo un averno (“cielo que en un infierno cabe”). ¡Yo!,… que de soslayo la miro y admiro su alma y su aplomo, y no sólo sus rizos color de rubia cerveza, o sus ojos de miel de mil flores, o sus labios de dulce-amarga cereza. ¡Yo!,… que la quiero por buena, pues no tiene hermanos y por demás cariñosa cuida a sus padres con el afán de sus manos. ¡Y aún más! ¡Y aun más!... Que me infunde un numinoso respeto, un tan religioso respeto, que hiela mi sangre caliente y me enfrenta, ¡valiente!, al cruel “Can Cerbero”.
¡Yo!, ¡en fin!, que por no,… no mudar, ando demudado… pues de Cupido he recibido la flecha tras tantos años sin fecha, en esta misma estancia de exigua sustancia docente, con fingida apostura decente. ¡Yo!,… ¡Madre!, ¡Madre coraje!, que sé que es empeño imposible, que es ella mucha persona, mujer muy corrida, mucha hembra vivida. Que es viga derecha. Que,… ¡además!, es altiva y lozana sin ser andaluza,… que es casi “gallega”,… que es decir, de tino acertado cual sacerdotisa avisada. Donosura, sindéresis, buen juicio y cordura. Que,… prevenida y madura, ya me tiene advertido y bien recordado, que es señora y casada, ¡y muy bien casada!,… con el Padre del Cristo yacente que el “cielo le tiene prometido”… ¡Y yo tan rendido!... ¡Ella!, que para todo tiene respuesta, ¡dispuesta!, y que en todo se cuida y se mide sensata, aunque de Aristóteles no sepa una letra ni encuentre una errata. Que…, muy fumadora, de mi alma entera, erótica en suma, es gran filósofa, de socrática ironía y gran entereza. ¡Y vaya presteza! ¡Y vaya certeza! Por ella, ¡Madre!,… ¡tan sabia!... yo he recordado,… yo he recordado que no es lo mismo amar con Amor que de otra y por otra estar enviciado, estar “enco…”.
¡Madre!, ¡¿dime entonces como puedo vivir esta lenta agonía?! Si por su perfume ya casi desmayo, si llevo en mi boca sabor de su boca y no la he besado, si mis manos pueden dibujar su cuerpo sin haber pecado. Si sueño despierto de “los rizos del monte ascender, en Venus, hacia la rosácea aureola de sus albas y níveas colinas de Leda”.
Ahora, ¡Madre!, ¡¿cómo le digo al barquero que espere, si casi cegado ella a mí me ha absorbido?! ¡Madre! ¡¿Que de la negra laguna detenga ya el tiempo que se me ha consumido?! Que sí, ¡Madre!, ¡morir quisiera!, y ya nada importa, si expirar cabalgando pudiera tan hermoso corcel. Que yo al Hades bajara gustoso, ¡postrado de hinojos!, si conmigo ella descendiera de la mano cogidos,… con mis ojos en sus ojos clavados. Y así, a la vera del Tormes o en la ría del Eo, muriera por manos de Dios castigado en desigual desafío… ¡Que duelo tan frío! ¡Que empeño tan pío!
Por eso, ¡Madre!... ¡Madre Yocasta!, ¡Madre Florinda!... ¡no sientas pena!, y no te arrepientas que no me arrepiento y no te avergüences que no me avergüenzo y no te sonrojes que no me sonrojo. Que yo, ¡tu hijo!, cuando se enamora y se enamora de veras, cual fecundo Poros y humilde Penía, exclama a Afrodita (que,... ¡maldita sea!, ¡no es hembra maldita!). Por eso yo soy aquel, de rota entretela cordial que palpita. Y a ella aún se atreve a susurrarle lágrimas con su torpe palabra angustiada. ¡Que no veo salida ni encuentro la entrada!: (“aun con fiel pasión vital que desfallece por tempestad de amor que te protesta”) ¡Y que ya!, ¡y que ya sé que es casada!
Por eso, ¡Madre!, yo soy esa herida, conciencia con llaga y costura, pero hombre muy hombre, Jano bifronte siempre y todavía, pero muy humano, que cuando se enamora y se enamora de veras,…en las primaveras,…Cuando me enamoro y me enamoro de veras,… con pasión bien certera,… todavía les llora, les llora por ti…por ti a las mujeres… Todavía le lloro, y le lloro por ti,… a mi vida… mi muerte… y mi santa abulense. ¡La “de Cepeda y Ahumada”!.

Orfeo

jueves 30 de octubre de 2008

Querida Lou

RILKE A LOU ANDRÉAS-SALOMÉ EN GÖTTINGEN

París, 17 rue Campagne-Première
8 de junio de 1914

Querida Lou,

heme aquí al término de un largo, ancho y duro período, con el que caduca cierto futuro que no había sido fuerte y religiosamente alimentado, sino torturado hasta el aniquilamiento (algo en lo que, poco más o menos, soy inimitable). Si a veces, durante estos últimos años, había podido disculparme so pretexto de que algunos intentos por asentarme más humana y naturalmente en la vida fracasaron porque las personas concernidas no me habían comprendido, y me hacían sufrir ininterrumpidamente violencias, injusticias y prejuicios, precipitándome así en tan gran desasosiego, resulta ahora que después de meses de sufrimiento me encuentro orientado de muy diferente manera: teniendo que reconocer que, esta vez, nadie puede ayudarme. Y aunque alguien viniera con su alma más inocente, más inmediata, y encontrara su referencia en los mismos astros, aunque me soportara a pesar de mi torpeza y rigidez y conservara su pura e infalible disposición para conmigo; aun cuando el rayo de su amor viniera a estrellarse diez veces en la turbia y densa superficie de mi universo submarino, todavía sería yo capaz (lo sé ahora) de empobrecerlo en el seno de la abundancia de su ayuda renovada sin cesar, de encerrarlo en el irrespirable dominio de una ausencia total de ternura, hasta el punto en que, vuelto inaplicable su auxilio, pasara él mismo de la plenitud a la marchitez, hasta dar en una siniestra decadencia.

Querida Lou, desde hace un mes estoy solo otra vez, y es éste mi primer intento de volver a tomar conciencia —ya ves, así están las cosas. En resumidas cuentas, he experimentado muchas cosas durante estos acontecimientos; por el momento sigo constatando esto: que una vez más apenas si estaba a la altura de una tarea pura y alegre, en la que la vida, como si nunca hubiera tenido conmigo malas experiencias, volvía a venir hacia mí, misericordiosa. Desde ahora está claro que también ahí he vuelto a fracasar y que, lejos de avanzar, repetiré un año más este curso de dolor; y que cada día encontraré inscritas en la negra pizarra las mismas palabras, cuya triste flexión creí haber aprendido hasta el agotamiento.

Lo que tan radicalmente iba a cambiar mi angustia comenzó con muchas, muchas cartas, hermosas y ligeras como brotadas del corazón: que yo sepa nunca he escrito otras parecidas. (Era la época, te acuerdas, de la omisión de la «s»). En dichas cartas (cada vez lo comprendía mejor) ascendía una petulancia irresistible, como si me encontrara ante un nuevo y pleno brote de mi más peculiar esencia, que, liberada desde entonces en una comunicación inagotable, se esparcía por la vertiente más alegre al tiempo que yo, escribiendo día tras día, sentía su feliz corriente y el incomprensible reposo que le parecía preparado del modo más natural en un alma capaz de recogerlo.

Mantener pura y transparente esta comunicación y, al mismo tiempo, ni sentir ni pensar nada que se encontrara excluido por ella: eso fue lo que de una sola vez, sin que yo supiera cómo, llegó a ser la medida y la ley de mi actuar, y si jamás hombre alguno interiormente agitado pudo sosegarse, yo mismo lo fui con esas cartas. Esta ocupación diaria y mi relación con ella se me hicieron sagradas de una manera indescriptible, y desde entonces se apoderó de mí una confianza enorme, como si hubiera al fin encontrado una salida a ese penoso estancarme en circunstancias continuamente nefastas. Hasta qué punto estaba entonces comprometido en cambiar, podía notarlo igualmente en el hecho de que incluso las cosas pasadas, cuando se me ocurría contar algo de ellas, me sorprendían por el modo en que reaparecían; si, por ejemplo, se trataba de épocas de las que a menudo había hablado anteriormente, hacía hincapié en aspectos inadvertidos o apenas conscientes, y cada cual adquiría, por decirlo con la inocencia de un paisaje, una visibilidad pura, una presencia, y me enriquecía, formaba parte de mí mismo, tanto y de tal modo que por primera vez me parecía ser dueño de mi vida, no por una adquisición, por una explotación, por una comprensión interpretativa de cosas caducas, sino por esta misma nueva veracidad que se esparcía también a través de mis recuerdos.

nueve de junio de 1914, martes

Te envío, querida Lou, la hoja de ayer: comprenderás que lo que en ella describo ya no tiene vigencia y se ha perdido para mí; tres meses de realidad (frustrada) han dejado sobre todo ello como una dura y fría lámina de cristal, bajo la cual esa experiencia ya no me pertenece, como si estuviera colocada en la vitrina de un museo. El cristal refleja y en él sólo percibo mi viejo rostro,
anterior, el que tú tan bien conoces.

¿Y ahora? Después de un inútil intento de vivir en Italia, he vuelto aquí (hace ya quince días), deseoso de arrojarme a ciegas en cualquier ocupación; pero aún tan embotado y paralizado que apenas si puedo hacer otra cosa que dormir. Si tuviera un amigo le rogaría que viniera a trabajar conmigo cada día, en lo que fuera. Y cuando en el intervalo, de taciturno humor, pienso en el porvenir, imagino en primer lugar un tipo de trabajo que estuviera sometido a las condiciones exteriores, y alejado tanto como fuera posible de toda productividad personal. Pues desde ahora ya no dudo ni por un instante de que estoy enfermo, de una enfermedad que me ha gravemente corroído y cuyo foco se encuentra en lo que hasta entonces llamaba mi trabajo, de tal modo que por el momento no hay ningún refugio por ese lado.

Tu viejo

Rai

martes 24 de junio de 2008

Deutsches Requiem

Jorge Luis Borges
(1899–1986)


Deutsches Requiem
(El Aleph, 1949)

Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.

Job 13:15




Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses, en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio[1]. En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, y a que de algún modo soy ellos.
Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.


Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable.
Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos; yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora, escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler, en el que hacía notar que el monumento más inequívoco de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo drama de Goethe[2] sino un poema redactado hace veinte siglos, el De rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el Partido.
Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos.
Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de auga o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar[3]. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.
En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades, más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz.
El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso, el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno. El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de las capitanes y el vocerío; no así en un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem.
Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel, en la obra Dichtung der Zeit, lo equipara con Whitman. La comparación no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquio Rosencrantz habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin sospechar que la secreta justificación de su vida es haber inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y [4]... A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte[5].
Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable.
Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. Todo, en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.) No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada la gloria y después la derrota.
En octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra casa natal, otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo. Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé, hasta dar con la verdadera.
Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas. También la historia de los pueblos registra una continuidad secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.
Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.
Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.


[1] Es significativa la omisión del antepasado más ilustre del narrador, el teólogo y hebraísta Johannes Forkel (1799-1846), que aplicó la dialéctica de Hegel a la cristología y cuya versión literal de algunos de los Libros Apócrifos mereció la censura de Hengstenberg y la aprobación de Thilo y Geseminus. (Nota del editor.)

[2] Otras naciones viven con inocencia, en sí y para sí como los minerales o los meteoros; Alemania es el espejo universal que a todas recibe, la conciencia del mundo (das Weltbewusstsein). Goethe es el prototipo de esa comprensión ecuménica. No lo censuro, pero no veo en él al hombre fáustico de la tesis de Spengler.

[3] Se murmulla que las consecuencias de esa herida fueron muy graves. (Nota del editor.)

[4] Ha sido inevitable, aquí, omitir algunas líneas. (Nota del editor.)

[5] Ni en los archivos ni en la obra de Soergel figura el nombre de Jerusalem. Tampoco lo registran las historias de la literatura alemana. No creo, sin embargo, que se trate de un personaje falso. Por orden de Otto Dietrich zur Linde fueron torturados en Tarnowitz muchos intelectuales judíos, entre ellos la pianista Emma Rosenzweig. “David Jerusalem” es tal vez un símbolo de varios indivíduos. Nos dicen que murió al primero de marzo de 1943; el primero de marzo de 1939, el narrador fue herido en Tilsit. (Nota del editor.)

sábado 22 de marzo de 2008

Foucault habla sobre Bachelard



El sueño de la cultura, produce arte

miércoles 13 de febrero de 2008

Mina: "un bacio è troppo poco"