miércoles, 3 de abril de 2013

El regreso de la frenología



La distopía que nos anunció Aldous Huxley en su novela “Un mundo feliz” está en marcha. El Presidente norteamericano, Barack Obama piensa invertir en los próximos diez años al menos cien millones de dólares en mapear el cerebro humano y sus funciones. Desde hace tiempo se veía venir la intención de explorar con las nuevas tecnologías que lo permiten, las características  del órgano que nos hace realmente, más que ningún otro, alcanzar la condición de seres humanos.

Pero, ¿resistirán la tentación los poderosos de clasificar a los seres humanos según los resultados obtenidos? Creo que no, que tratarán de categorizar e indexar  a los seres humanos en función de sus necesidades y propósitos. Sin embargo, es interesante que se estudie la relación entre lo mental (la esencia del ser humano) y lo cerebral (el sustrato material de la mente). 

Algo similar a lo que pretende hacerse en los Estados Unidos, se hizo en España por medio del extenuante trabajo de nuestro premio nóbel, Santiago Ramón y Cajal, que compartió galardón en 1906 con Camilo Golgi, autor de la tinción que permitió estudiar por primera vez las neuronas y las sinapsis que las relacionan. Con un microscopio convencional, recursos limitados y mucha paciencia, don Santiago elaboró “la doctrina de la neurona” que permitió comprender el funcionamiento del tejido nervioso y su relación con los demás tejidos del organismo humano, de forma pionera.

Tampoco es la primera vez que se intenta esta aventura de descubrir la relación mente-cuerpo;  conocidos fueron los experimentos de Franz Joseph Gall y la frenología en el siglo XIX, que trataron de asignar determinadas actividades del ser humano a determinadas zonas del cerebro, estableciendo que el cerebro era el órgano de la mente. De la frenología se derivaron otras “ciencias” como la craneometría (conocer las características de la personalidad por el tamaño del cráneo o el peso del cerebro) y la fisiognomía (deducir características humanas por los rasgos faciales). Sin embargo todas estas aventuras terminaron en el armario de las desventuras, junto con otros proyectos similares.

Es posible que los nuevos recursos tecnológicos permiten alcanzar conocimientos que hace pocos años eran imposibles. Tanto a nivel de recursos de observación, con las técnicas de resonancia magnética, las tomografías axiales computerizadas, los estudios dinámicos y vasculares relacionados con actividades cerebrales, unidos al procesamiento de todos los datos a velocidades impresionantes, nos pueden ofrecer un acervo de resultados que pueden ser muy interesantes.

No obstante, el problema de la relación completa y compleja entre la mente y el cerebro todavía dista demasiado de su conclusión, porque la pretensión reduccionista de atrapar a la mente en su jaula orgánica no es más que una ambición irresoluble que, si podrá concedernos mucha información nueva sobre muchas condiciones y circunstancias implicadas en nuestra forma de pensar, sentir y hacer, de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás; pero la complejidad del proyecto es tan extraordinariamente descomunal que posiblemente nunca concluya.

Los investigadores pueden obtener numerosos resultados, pero los resultados no ofrecen el criterio para comprender su importancia o entender su finalidad. Se podrá llegar a conocer sin duda en que parte del cerebro surgen las reacciones o se desarrollan los procesos implicados en ellas, incluso que las provoca y como se manifiestan externamente, o que percepción interna producen,  pero hay algo que será prácticamente imposible resolver  por muchos estudios que se realicen: la diversidad de reacciones ante los mismos estímulos

Ante determinados estímulos unos seres humanos ofrecerán una respuesta y otros responderán de forma diferente, posiblemente utilizando distintas áreas y funciones de su cerebro, porque la diversidad de aprendizajes y la exposición a experiencias alternativas les hará reaccionar de forma distinta. Si bien todos los cerebros pueden ser similares en el nacimiento, a medida que van incorporando experiencias van transformándose. Es fácil de comprender, cuando a un ciudadano cualquier capital europea le preocupa más que le atropelle un coche al cruzar la calle que arremeta contra él un rinoceronte, algo que sería inverso si el ciudadano viviera en una selva africana donde hay rinocerontes y sin embargo no hay coches.

Estos experimentos que comienzan con fuerza en la segunda década del siglo XXI, que se proponen entender la relación entre la mente y el cuerpo,  parecen recordar aquella anécdota de un personaje de un lugar remoto que ante un programa de televisión la emprendió a golpes con el aparato para liberar a los personajes que estaban dentro, aunque lo único que logró fue quedarse sin televisor y no volver a ver nunca a los diminutos seres encarcelados en aquell cárcel con una ventan.

Nunca sabremos por que Don Quijote veía gigantes donde Sancho Panza veía molinos, cuando los dos miraban lo mismo. El cerebro nos podrá conceder información sobre la realidad material en los seres humanos de forma ecuánime y homogénea, desde una perspectiva nomotética; sin embargo, cuando se introducen cuestiones simbólicas cada cerebro es completamente diferente a los demás, tan diferente como el genoma, por eso será difícil que dos cerebros reaccionen da la misma forma ante determinados estímulos. Nunca reaccionará de la misma forma ante una sinfonía de Bethoven el cerebro de un compositor o un melómano que el de un profano que detesta la música clásica.

Enrique Suárez Retuerta

domingo, 31 de marzo de 2013

Los hechos oníricos


La nave de los locos - El Bosco

A los que sueñan despiertos.

“Cuando nuestra atención está enfocada hacia la profundidad de nuestro interior, en el contexto de la totalidad de nuestra vida, entonces logramos que los recursos para un conocimiento profundo de nuestra existencia se hagan accesibles” Ira Progoff

El abordaje del mundo onírico ha sido motivo de curiosidad para los seres humanos desde remotos tiempos. Los sueños y todo aquello que les rodea,  siempre han creado una distorsión simbólica en las circunstancias materiales en las que vivimos. Por sueños y auspicios se han hecho guerras y se han cometido crímenes, se han construido catedrales y se han destruido palacios y fortalezas. También se han creado dioses, se han  alzado santos a los altares, se han derrocado reyes y se han hecho revoluciones.

Goya, nos legó en Los Caprichos que los sueños de la razón producen monstruos y Calderón de la Barca nos dijo que la vida es sueño. El Somni,  sirvió a Bernat Metge para hacerse preguntas sobre la existencia, ante el rey Juan I. En El Sueño de una Noche de Verano, William Shakespeare entreveró fantasía y realidad en el atanor de su ingenio, para legarnos un mundo ampliado, tal vez virtual. De  Los Sueños nos habló Quevedo, pero también Jacob y Freud, ambos hebreos. Jesucristo, Mahoma, Buda, Vishnu y Zoroastro también soñaron, de sus sueños se forjaron creencias. Gandhi soñó con una India libre y Mao Tse Tung con una China ordenada, Martin Luther King con una américa tolerante y equitativa. A Jefferson le gustaban más los sueños del futuro que la historia del pasado. Julio Cesar y Alejandro Magno soñaron con un imperio. Julio Verne soñó con un viaje a la luna y otros, lo hicieron posible. Pero posiblemente también han soñado La Bella Durmiente y Peter Pan, así como todos aquellos que han deseado soñar más allá de la realidad que les concierne, más allá del tiempo que les atrapa. Borges nos dijo que los sueños eran la forma estética más antigua, pero sin duda, también la más provechosa.

Los hechos oníricos, son precisamente esos sueños que se fueron haciendo realidad a lo largo de la historia humana, pero también los que no se lograron, los que se quedaron en el camino, los que se perdieron y los que se olvidaron. Soñar es una forma de ampliar la vida más allá de los muros de lo cotidiano, se podría decir que es una “desconexión” de los hechos, para vivir otras circunstancias no ceñidas a las leyes del espacio-tiempo y del sentido común. Los hechos oníricos no necesitan ser reales, materiales, objetivos. Son hechos por su existencia misma, no por su presencia física, material o pública. Los sueños son hechos íntimos que no necesariamente han de ser compartidos.

Gaston Bachelard, nos habló del derecho a soñar como la última frontera del ser humano, nos dijo que la tarea de los poetas es desanclar en nosotros una materia que quiere soñar. Fernando Pessoa nos dijo que el poeta era un soñador, que sueña tan completamente, que hasta sueña que es dolor, el dolor que en verdad siente. Ninón de Lenclos, nos advirtió de que cuando nuestros sueños se han cumplido es cuando comprendemos la riqueza de nuestra imaginación y la pobreza de la realidad. Alfred Adler nos dijo que en el sueño se revela en forma simbólica el problema vital de un individuo.

No sé si la vida es sueño, pero estoy seguro de que los sueños son vida, vida interna, de deseos e ilusiones, de miedos y esperanzas, de riesgos y silencios. Pasiones no alcanzadas, razones no encontradas. Sensaciones que construyen otra forma de inteligencia de lo que somos y hacemos, pero también de lo que no somos ni hacemos. Los sueños son la sombra de nuestra conciencia deformada por la iluminación de la realidad como una silueta de lo imposible, pero también de lo posible.

Sin sueños no habría paraísos, ni cielos, ni infiernos, ni quimeras, ni utopías. La vida sería gris, metálica, ortodoxa, mediocre, cenicienta, no sería vida, sería otra cosa. Los sueños son el combustible de la plenitud vital en la caldera de la existencia. El antídoto de los temores, la puerta de la fantasía, el recuerdo del futuro y la nostalgia del pasado, lo que no es, siendo. Soñar es hacerse y deshacerse para ser o no ser. 

Si respiras y te alimentas para seguir existiendo, nunca te olvides de soñar para que tu existencia pueda ser realmente una vida plena y tú, un ser humano complejo y completo. No permitas que nadie sueñe por ti. Sé libre, atrévete a soñar, sé humano, lucha por tus sueños. Tus sueños te harán lo que realmente eres, porque tus sueños, al igual que tus genes, te distinguen de los demás seres humanos concediéndote una identidad propia y diferente a todas las demás identidades, ofreciéndote una renovación del auténtico significado que contiene la vida, a medida que esta se va consumiendo con los años.

Enrique Suárez Retuerta

lunes, 11 de julio de 2011

Fijaciones de la Ciencia


“Defender un dogma más es lo último que quisiera hacer [...] La ciencia y la filosofía sólo me interesan porque desearía saber algo sobre el enigma del mundo en que vivimos, y sobre el enigma adicional del conocimiento humano relativo a este mundo. Según creo, sólo un renacer del interés por esos secretos puede salvar a las ciencias y a la filosofía de una especialización angosta y una fe necia en la destreza singular del especialista, apoyada sobre su personal conocimiento y autoridad.”

Karl Popper. La Lógica de la Investigación científica (1934).

SÓCRATES Y NIETZSCHE

Cuando Nietzsche (1844-1900), publica sus obras: “El nacimiento de la tragedia” (1872) “Sobre Verdad y Mentira en sentido extramoral” (1873), realiza una crítica despiadada a la figura de Sócrates, personaje que representa la consolidación de la evolución del Mhytos (el conocimiento fundamentado en las creencias) al Logos (el conocimiento fundamentado en la razón), como nos recuerda Cardenete Burgos.

“Sócrates fue el inventor del "hombre teórico", que representa un nuevo ideal que sedujo a los jóvenes griegos, entre ellos al magnífico Platón, que incluso llegó a quemar sus propias obras trágicas, avergonzado de su excesiva vitalidad.

El gratuito concepto de causalidad se apoderó del pensamiento occidental, ahogando a los más fructíferos efluvios del alma humana hasta subyugarlos y hacerlos vergonzosos ante los ojos de la inmensa esfinge fría de la ciencia, sublime juez”.

La explicación de la realidad, que se había atribuido previamente a la voluntad de los dioses (la causa de todo), se sustituye por la férrea dictadura de la causa-efecto, a la que se le concede casi valor mágico. Nada puede quedar más allá del largo brazo de la ciencia, que se convierte en el mecanismo fundamental de interpretación y control de la realidad. El criterio científico sustituye a la fe en la determinación de la verdad. Prosigue Cardenete Burgos en su interpretación:

“Pero Nietzsche descubre, que en realidad, Sócrates (que había sido un sofista), al negar los instintos (o despreciarlos), lo hace también por un instinto; Nietzsche, descubre que la ciencia tiene, por lo tanto, raíces irracionales (instintivas); que el cientifismo, es en realidad un desarrollo de la propia naturaleza conflictiva humana.

En “El Nacimiento de la tragedia”, establece un paralelismo entre el origen de la ciencia y el de la cultura apolínea. Nietzsche manifiesta que el orden olímpico, que surgió frente al orden titánico, es apolíneo, pero que en realidad, esa cultura apolínea tiene tras de sí, como raíces, la sabiduría griega tradicional: el espíritu dionisíaco de la sabiduría de Sileno.

Así, el origen de lo apolíneo es lo dionisíaco; los griegos, espantados por los horrores de la existencia tendieron un velo onírico para poder soportar la cara amarga de la vida: la belleza es necesaria para la vida (la apariencia estética cubre la miseria hasta dejarla oculta a nuestros ojos).

El racional y cientifista espíritu del hombre teórico surge de lo irracional. Quedando manifiesto el inconfesable miedo socrático a la contemplación valiente del mundo (de la realidad, no sólo de la realidad plausible, no solo de la realidad enmascarada, de la realidad “políticamente correcta”).

La ciencia, más que por la razón, se mueve por una pulsión incontrolable: el instinto lógico”

El control de los instintos requiere un sistema de organización que reprima sus veleidades y extravagancias, que permita condensar esfuerzos para obtener resultados, y que estos resulten útiles. Descartes, proporciona a la ciencia su método, pero al hacerlo, comete numerosos errores como establecer la dualidad entre mente y cuerpo, que ha llevado a la segregación del ser humano en sus partes. Lo psicológico (inmaterial) por un lado, lo somático (material) por otro.


CIENCIA Y METODOLOGIA

La ciencia, es ante todo un método. Los estudios sobre metodología científica, que habitualmente se incluyen en el área filosófica de la Epistemología, no han evolucionado demasiado a lo largo del siglo XX, por que no han superado sus propios debates dialécticos.

Algunas cuestiones se han ido clarificando en los últimos cien años, pero sin llegar a establecerse una propuesta definitiva, admitida por la comunidad científica de forma irrevocable. Los datos acumulados no han alcanzado el rango de ley científica, más bien son normas asumidas, buenos consejos, aceptados, respetados por una inmensa mayoría que ni se plantea (ni acaso sabe plantearse), los dilemas de la cuestión.

De esta forma, la autoridad de la ciencia, se fundamenta en la necesidad de darle consistencia y orden a la interpretación de la realidad, más que en el coraje de entender por completo lo que es la realidad.

La pretensión última de la ciencia sigue siendo la explicación de la realidad en términos de causas y efectos. Pero este objetivo definitivo, puede ser considerado de distinta forma desde el interior de la ciencia (Popper) o desde el canal por el que recorre su camino (Kuhn).

Tras las elaboraciones inductivistas de Bacon, o las aportaciones del Renacimiento, surgen las posiciones del NEOPOSITIVISMO O EMPIRISMO LOGICO, representado por Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein, Rudolph Carnap y otros más, agrupados en los aledaños del positivismo del Círculo de Viena. Algunas de sus propuestas son:

· Los enunciados científicos deben ser lógicos y verificables.
· La ciencia debe permitir el análisis lógico.
· La ciencia debe quedar delimitada por la verificación empírica

Carnap considera que una hipótesis posee una probabilidad inductiva, que aumenta o disminuye según las observaciones que se desarrollen, y el científico admite o no las nuevas hipótesis según el grado de confirmación de las mismas.

Karl Popper (1902-1994), espoleado por los principios de verificación de las propuestas establecidos por Bertran Russell y Carnap, introduce el falsacionismo como criterio suficiente para aceptar que una hipótesis científica sea válida, aunque sea de forma provisional. Publica con el sello del Círculo de Viena, su obra LA LÓGICA DE LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA (1934), en la que considera que el conocimiento científico no avanza CONFIRMANDO nuevas leyes, sino DESCARTANDO leyes que contradicen la experiencia. A esta refutación, Popper la denomina PRINCIPIO DE FALSACION.

Desde las aportaciones de Popper, se considera que la labor del científico consiste en CRITICAR (poner a prueba), las leyes y principios de la naturaleza de las cosas, para reducir así el número de teorías compatibles con la observación experimental. El criterio de demarcación para la aceptación de una propuesta como válida desde la ciencia, puede definirse entonces como su capacidad de ser refutada o falsabilidad.

Sólo se admitirán como propuestas científicas, aquellas que se puedan replicar o permiten observaciones que puedan contradecirlas (lo que deja fuera de la ciencia a la mayoría de las ciencias humanas). Este es el primer paso para algo terriblemente peligroso: la deshumanización de la ciencia.

Para Popper, la ciencia surge de la acumulación paulatina de teorías científicas que permiten construir leyes, sistemas y teorías generales, que ayudan a la comprensión de la realidad. Esta posición se definió como RACIONALISMO CRITICO.

Sin embargo, pronto brotaron alternativas a las propuestas de Popper, como la de Thomas S. Kuhn (1922-1996), que publica en 1962 LA ESTRUCTURA DE LAS REVOLUCIONES CIENTIFICAS, y que presenta un paralelismo asombroso con la teoría evolucionista más aceptada en la actualidad la TEORIA DEL EQUILIBRIO PUNTUADO de Eldredge y Gould, que surgió una década más tarde.

En la eterna polémica sobre la evolución de la ciencia, los paradigmas de Kuhn explican mejor que la falsación de Popper, la acumulación paulatina de resultados en el “corpus científico”; la discrepancia entre ambas se debe, en mi criterio, a que no refieren sus conceptos básicos al mismo momento de la investigación, o a una misma percepción de la evaluación definitiva de los hechos.

La teoría de Popper explica bien los hechos aislados, los fotogramas, los experimentos concretos, mientras que la teoría de Kuhn lo hace con el conjunto de los resultados, con la película completa, con la totalidad de la ciencia. Son dos planos teóricos diferente que si bien resultan indisolubles, no por ello son inexplicables por separado. Un automóvil aislado no puede explicar el fenómeno del tráfico, aunque este se produzca por la relación de los vehículos motorizados entre si en un espacio determinado.

La percepción de la ciencia establecida por Popper, es más instrumental y funcional, mientras que la propuesta por Kuhn es más holística y estructural. Si la primera nos habla de ladrillos, la segunda lo hace de construcciones. Pero ambas son igualmente válidas, aunque esto no haya sido lo más aceptado, encontrándose oposición permanente entre los que defendían una percepción y los que aplaudían su contraria.

Los paradigmas propuestos por Kuhn, más que un conjunto de principios compartidos por un grupo de investigadores en un momento determinado, son un conjunto de creencias aceptadas por la comunidad científica para interpretar la realidad (que Kuhn comparó con el concepto de juego de Wittgenstein). Los paradigmas, son mitologías “ad hoc” sobre la verdad, que conducen la ciencia a través de la realidad y el tiempo.

La oposición de Popper a la aceptación de los paradigmas, proviene de su posicionamiento político; en su crítica a Marx (“Miseria del historicismo” –1961-), propone que el desarrollo de la humanidad depende de sus avances técnicos y científicos, y que, por su propia naturaleza, resultan siempre imprevisibles (o inescrutables); por ello es imposible adelantarse a la historia y predecir su avance, lo que refuta la existencia de una ciencia marxista.

Aquellas teorías que traten de hacerlo pueden sostenerse sólo si construyen un lenguaje lo suficientemente vago y abierto a reinterpretaciones como para no poder ser refutadas (falsadas), con lo que no alcanzan el rango de teorías científicas según el criterio de demarcación de Popper, en contra de lo proclamado por Marx, que se arrogaba haber descubierto las leyes científicas del devenir histórico.

Estas teorías vagas y abiertas de las que nos habla Popper, pueden ser considerados como paradigmas, pues si bien no cumplen los criterios internos, ni lo pretenden, si resultan científicas desde la valoración de su conjunto y su evolución, es decir desde el exterior. No se debe olvidar que muchas de las presunciones marxistas se han cumplido.

Un tren es considerado como tal por un ciudadano que lo ve pasar desde la estación, aunque no viaje en él, mientras que puede ser considerado de forma distinta por un pasajero que vaya en su interior, lo que en cierta forma nos aproxima a la teoría de la relatividad de Einstein. El pasajero interior no tiene el mismo concepto del espacio-tiempo que el que permanece en el apeadero.

La perspectiva no transforma la realidad, pero la interpreta de forma diferente. Las diferencias entre Popper y Kuhn no son tan esenciales como ellos pretendieron. Aunque las consecuencias que se establecieron a partir de las mismas, les llevó a una confrontación permanente de criterios, pero posiblemente más fundamentados en posicionamientos políticos, que en refutaciones epistemológicas.

Desde la perspectiva de Popper, las propuestas marxistas se fundamentan en una falsedad irrefutable, mientras que desde la de Kuhn, podrían resultar explicadas. Darle la razón a Marx era algo bastante complicado en las décadas siguientes a la segunda guerra mundial, (y aún más para un miembro del Círculo de Viena). El posicionamiento político diferenciado de ambos investigadores, contribuyó más a su oposición teórica, que los problemas epistemológicos de discrepancia interna.


NUEVAS PROPUESTAS

Sin embargo hubo intentos de aproximación entre ambas posiciones, como los establecidos por Imre Lakatos (1922-1974), discípulo de Karl Popper. Lakatos lo planteo de forma conservadora, introduciendo el concepto de Programas de Investigación.

En su obra Pruebas y Refutaciones, considera que la teoría de Karl Popper, por la que la ciencia se distingue de las demás ramas del conocimiento, dado que las teorías pueden ser "falsadas" (al establecer sus creadores unos "falsadores potenciales"), es incorrecta, ya que toda teoría (como la de Newton, la cual estudió en profundidad), nace con un conjunto de "hechos" que la refutan en el mismo momento que es creada.

Esto le lleva a considerar que la ciencia era incapaz de alcanzar la "verdad", pero sugirió en su obra Programas de Investigación Científica, que cada nueva teoría era capaz de explicar más cosas que la anterior, y sobre todo, podía predecir hechos nuevos que nadie antes ni siquiera se había planteado. Lakatos trata de conciliar el carácter acumulativo de la ciencia de Popper, con su evolución por paradigmas siguiendo las aportaciones de Kuhn. Desde mi criterio, creo que ha formulado la teoría menos ambiciosa, y por lo tanto la más válida de todas las expuestas.

Pero también hubo otros distanciamientos, como las propuestas anarquistas de Paul Feyerabend (1924-1994), también discípulo de Popper, que en su libro “Contra el método”, dejó las cosas aún peor, planteándolo de forma radical, negando la validez de la técnica metodológica: “no existe ningún método general para ampliar o examinar nuestro conocimiento y la única descripción del progreso científico es anything goes (todo vale)”.

Según Andrew Lugg, en su libro “Seudociencia, racionalismo y cientismo” (2001), considera que Feyerabend, no ha sido enemigo de la ciencia como muchos han creído sino del cientismo, esto es, del autoritarismo de la ciencia con respecto de otras formas de pensamiento

La ciencia, tal y como la conocemos, es una nueva forma de mitología, que sigue criterios similares a las prácticas religiosas. El lenguaje religioso se puede asumir perfectamente desde presupuestos científicos. ¿Es una paradoja o un sincretismo que Mythos y Logos se confundan?. Quizás la ciencia esté llamada a sustituir a las religiones cuando la humanidad alcance el nivel suficiente de madurez cultural, por que puede cumplir los criterios de creencia, al igual que el resto de las religiones.


¿CIENTISTAS o CUENTISTAS?

Antonio Escohotado, ha escrito un magnífico libro condecorado con el premio Espasa del año 2000, “Caos y Orden”, en el que se sugieren numerosas alternativas de errores científicos consolidados.

Resulta interesante la observación de que muchas “leyes de la ciencia” se han aceptado por la comunidad científica sin mantener objeción alguna, y que a la vuelta de los años se han comprobado los magníficos errores que contenían. ¿Pero como juzgan entonces los observadores cualificados del elenco científico instalado en las universidades, centros de investigación, y academias oficiales los avances de la ciencia?. ¿O es que sus criterios no son suficientes?.

Y no me refiero al progreso científico, como la sustitución de las enseñanzas de Newton por las de Einstein, en cuanto a la gravitación universal; sino a errores derivados del miedo de los investigadores a cuestionar las ideas establecidas por sus antecesores y maestros en el proceso de investigación, cuando esta debería ser una de las motivaciones fundamentales de su trabajo. Esto conduce irremediablemente a una forma de cientismo.

El cientismo afirma que las ciencias particulares son las únicas que conocen la realidad y los problemas del hombre, convirtiendo a la filosofía en una simple "coordinadora del saber positivo", también es conocida como “la barbarie cientista”. Esto conduce a que visto un ejemplar, visto todos, y así nos va.

Como Escohotado nos refiere en su artículo “Ciencia y cientismo”, el cientismo arranca con Galileo y Descartes, y obtiene su primera forma acabada algo más tarde, gracias al genio de Newton. Es en principio fiel al puro criterio experimental de Bacon, con su propuesta de centrarse en la inducción, aunque procede mediante geometría y experimentos mentales, orientados a mostrar que la naturaleza es “reductible a leyes matemáticas...”.

“...Unido al absolutismo metafísico, político y religioso, del que toma una rígida separación entre material e inmaterial, el ideario cientista se lanza a una redefinición cosmológica apoyada sobre tres conceptos desconocidos por completo hasta entonces:

1) una materia rigurosamente pasiva (“masa inercial”)
2) traída y llevada por vectores inmateriales (“fuerzas matemáticas”)
3) cuyo movimiento resulta previsible con exactitud (calculándolo a partir de sus condiciones iniciales).

Para moverse dentro de este nuevo marco, el método es omitir suposición alguna que no se encuentre fundada en hechos verificados, y de ahí el hipothesis non fingo newtoniano, evitando el investigador todo cuanto no satisfaga las condiciones empíricas de lo investigado.”

A la vista de estas cuestiones, se puede decir que en el “corpus” científico actual, hay muchas teorías refutables que no serán refutadas, por que supondría el esfuerzo de demostrar los errores, en una lucha desigual. Si un científico a título individual descubre hoy un error en un planteamiento científico aceptado por su comunidad, para derribar esa teoría necesitaría recursos (tiempo, equipo, materiales, instrumentos) que no le van a ser proporcionados por las instituciones conservadoras que le tienen contratado. Esto ha ocurrido siempre.


SUPERANDO LAS FICCIONES DE LA CIENCIA

En un escrito anterior, abogaba por una nueva revolución que emancipara a la ciencia de sus patrocinadores institucionales o mercantiles; en esta ocasión, propongo el establecimiento de organismos independientes que permitan el desarrollo de una actividad científica ajena a los intereses políticos y económicos de las instituciones que se ocupan de la administración del saber científico.

No está nada claro que las universidades, centros de investigación oficiales, institutos específicos, o asociaciones de colectivos profesionales, cumplan con este criterio; más bien, parece que fundamentan sus actividades sobre la consolidación del más de lo mismo. Su organización, fundamentalmente política, desvía los intereses elementales de su propósito.

La ciencia institucionalizada y sus representantes tienen sus días contados, sin embargo, van a presentar una dura batalla para no ceder ni un palmo sobre el criterio que detentan, desde “su verdad oficial”.

Pero no hay que ser pesimistas, el acceso a una comunicación ilimitada a tiempo real que facilita la red de internet, el acopio de fondos ilimitado (la gran biblioteca o enciclopedia universal) que se está creando en la red, así como los criterios individuales de numerosos científicos jóvenes, bien formados, y su intención de derribar lo que no se mantiene por sí mismo, que es precisamente lo que sostiene el “establishment” científico actual, hará que las cosas cambien definitivamente, en una escalada de parsimonia imparable.

Sin embargo, se podría hacer mejor y más deprisa, si la sociedad toma conciencia plena sobre esta cuestión, y en ejercicio de su poder soberano, realiza una demanda suficiente de sus necesidades que podría acelerar nuestro destino. Si los ciudadanos apoyan el acceso al futuro (al poder científico) de los científicos más innovadores, y dejan de apoyarse y sostenerse sobre el pasado-presente que les ofrecen las organizaciones e instituciones vigentes, el futuro llegará mucho antes, y con ello el bienestar individual y colectivo.

La ciencia, no es otra cosa que un criterio, que se resume en saber decidir una respuesta a las interrogaciones eternas: ¿qué?, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿con qué?, entre otras. Siempre son las mismas preguntas, solo van cambiando las respuestas. Por eso Sócrates inventó la mayéutica, que bien puede resumirse como el arte de preguntar, que no tienen nada que ver con el arte de responder, esa tarea más ingrata y complicada, es lo que se conoce realmente como ciencia, a la que se debe liberar de sus envoltorios más interesados, que no más interesantes.

Muchas de las ficciones científicas en las que hoy vivimos, han dado lugar a una peculiar manifestación de ciencia-ficción, dogmática e inerte, más preocupada por confirmar la realidad de lo conocido, que por descubrir la auténtica realidad de lo desconocido. La ciencia no puede seguir siendo conservadora, y funcionar exclusivamente por autos de fe, a modo de los tribunales inquisidores de otras épocas.

Quizás se ha realizado un largo recorrido para acabar regresando a los orígenes. El relativismo de nuestro tiempo nos conduce directamente a Protágoras de Abdera (contemporáneo de Sócrates), y a su “homo mensura”: el hombre es la medida de todas las cosas, tanto de las que es en cuanto es, como de las que no es en cuanto que no es.

El ser humano en su integridad, en su plenitud, es el objetivo último de la ciencia, que no puede ser sustituido por sus representaciones formales, sean parciales (especialización excesiva) o totales (excesiva generalización), por que ambas conducen al error. La didáctica sobre el ser humano, las ideas sobre su esencia, sustancia y circunstancia, no son el ser humano.

El ser humano es un hecho, una realidad, posiblemente la única, que no se limita a sus percepciones e interpretaciones externas, por que su realidad no es completa sin su propia autopercepción y autointerpretación. El significado del hombre proviene del exterior, pero también de su interior. Esta propuesta es inviable partiendo de los presupuestos de la metodología cartesiana

Sólo hay una ciencia, la auténtica, la que busca la verdad por inducción y la coteja por deducción, manteniendo provisionalmente el resultado obtenido, para seguir adelante su camino, sin dilación, sin interrupción, sin complacencia, sin descanso, sin otra rentabilidad que la del progreso humano. Lamentablemente, ésta no es la forma de hacer ciencia que se realiza hoy por parte de la mayoría de investigadores.

Por estas razones, numerosos problemas importantes, siguen en la misma situación que hace cuarenta o cincuenta años; no por falta de creatividad o recursos, sino por exceso de prudencia, ausencia de ambición y excesiva fijación a lo existente, por parte de las autoridades reconocidas como científicas

Enrique Suárez Retuerta

lunes, 4 de julio de 2011

Miserias de la Ciencia


La ciencia no es ajena a sus creadores, está modelada a imagen y semejanza de las preocupaciones e intereses de quienes se dedican y ocupan de ella (sesgo interno), pero también a las preocupaciones e intereses de quienes proporcionan o limitan los recursos necesarios para que pueda desarrollarse (sesgo externo), y por supuesto, imbuida de la colección de creencias de su momento histórico, de las condiciones en las que se desarrolla (sesgo circunstancial).

En un mundo como el nuestro, organizado desde criterios económicos e intereses políticos, la ciencia está sometida a limitaciones ajenas a su esencia y posibilidad. La ciencia ya no sigue una evolución propia, genuina, auténtica, como ocurría en el pasado; más bien, es un instrumento al servicio del poder en todas sus formas.

En estos primeros años del siglo XXI, numerosos hallazgos científicos deben su existencia a la acumulación de diversas subvenciones, concedidas con nepotismo a los investigadores más afines, que incluyen la impronta del mecenazgo oficial (sesgo público o de Estado), mientras que otros se han producido por que algunos empresarios han visto posibilidades de negocio en su ejecución (sesgo privado o de Mercado).

Al contrario que en el pasado, escasos descubrimientos del presente deben su existencia a la genialidad inventora de individuos independientes, ocupados y preocupados de los problemas de su tiempo, y las necesidades de la sociedad que les acogía. La ciencia, sufre tal cantidad de sesgos y lastres en nuestros días, que se ha empobrecido y enrarecido como nunca antes lo había hecho, desde su aparición hace 25 siglos.

Ni en la Edad Media, estuvo la ciencia tan sometida al poder como en nuestro tiempo. Hoy no es necesaria la Santa Inquisición, para concluir con las pretensiones más honestas de los investigadores, basta con someterlos a la nómina mensual, al objetivo de equipo, al interés general, a lo políticamente necesario, o a lo más rentable para la empresa, para que se quemen todos sus sueños. Hoy somos mucho más civilizados, no es necesario quemar a los científicos en las hogueras, basta solo con incinerar sus ideas en el horno de la burocracia, o en la lumbre del olvido.

Hay una peligrosa paradoja que está aconteciendo hoy en el ámbito de la ciencia. La ciencia se ha socializado por completo, se ha organizado socialmente desde criterios políticos, sin haber llegado a establecerse previamente su control social, desde criterios sociales independientes, por lo que su orientación se vincula cada día más al poder en todas sus formas y menos a las auténticas necesidades de la sociedad. Esto resulta muy peligroso en sus comienzos, pero estoy seguro de que empeorará.

No cabe la menor duda que se está produciendo un retroceso moral en las finalidades últimas de la ciencia, por no hablar sobre cuestiones éticas. En el largo proceso de creación científica, las necesidades humanas han pasado de ser objetivo prioritario, a una cuestión simplemente secundaria, instrumental.

La ciencia, se organiza en función de las necesidades de autores, promotores y patrocinadores, pero no está nada claro que las motivaciones de los inductores de la actividad científica, coincida con las necesidades perentorias de los seres humanos en los que deberían redundar sus beneficios.

El interés prácticamente exclusivo por la ciencias aplicadas, ha desplazado a las básicas del tradicional altruismo que ha guiado la ciencia, por una simple cuestión de utilitarismo. Son cada vez más escasas y excepcionales las ocasiones en que la ciencia no sigue la lógica de la rentabilidad. Un ejemplo en el ámbito de la salud es lo que se ha venido denominando como “enfermedades extrañas”, que al no ser padecidas por una cantidad “rentable” de ciudadanos, no reciben recursos para investigarlas.

La ciencia no está hoy al servicio del hombre, ni se ocupa exclusivamente de la resolución de sus problemas; por el contrario, sirve a los intereses patrimoniales de sus auténticos dueños, que son siempre los que la financian, no los que la hacen.

Nos lo recuerda Javier Flax, en su obra “Ciencia, poder y Utopía: las posibilidades de la ciencia en Argentina” (Siglo XXI, 1992): “La investigación científica siempre se halla condicionada, sea básica o aplicada, directa o indirectamente, explícita o implícitamente, por mucho que les pese a aquellos científicos que prefieren vivir en la ilusión de un saber inmaculado"

Con la acumulación de logros científicos, comunicaciones inmediatas, y procesamientos informáticos, prácticamente han desaparecido las investigaciones más genuinas, desarrolladas en la soledad de un laboratorio. Hoy los congresos internacionales o las revistas temáticas, no desvelan más que las líneas de investigación de los principales grupos organizados. La ciencia se ha sometido definitivamente al control del poder, con lo que ha perdido su libertad de acción.

En cada proyecto científico que surge, se organizan diversos escenarios de investigación entrelazados a lo largo del mundo, que desarrollan su actividad al mismo tiempo, incluso de forma escalonada, o fragmentaria. Hay ejemplos como el proyecto Genoma, la investigación del Sida, o determinados productos farmacéuticos, lo que contribuye a la alienación del trabajo de los científicos, que solo poseen una parte del resultado, alejándoles del resultado fina, y por supuesto de su control.

La eficiencia en la utilización de recursos consigue siempre una eficacia razonablemente aceptable, pero no avances geniales, no saltos cualitativos. La ciencia programada se hizo en la Unión Soviética durante décadas y se observó, como la competitividad occidental, que no la inteligencia, logró resultados más importantes en todos los ámbitos. La evolución de la ciencia auspiciada, se está aproximando cada día más al nefasto desarrollo de la política agraria en la extinta Unión Soviética de la época de Breznev y sus planes quinquenales, donde se cultivaba el hambre del futuro.

El azar y la casualidad, han desaparecido del escenario científico, cometiéndose un error muy grave. Que el fin último de la ciencia sea explicar y predecir, resolver las ecuaciones hipotético-deductivas, obtener resultados rentables, no puede reducir la percepción y el criterio científicos, exclusivamente a la posibilidad de horizontes próximos, de metas accesibles. La ciencia necesita de la utopía como nosotros necesitamos de los sueños.

Las utopías también forman parte de la ciencia, y los hallazgos casuales, como la serendipity o el eureka, deben seguir constituyendo una opción de esperanza en los investigadores. Un mundo plenamente controlado y planificado nunca puede ser un mundo libre. Si se excluye la inducción, la perspicacia, la curiosidad, y los motivos personales del proceso científico, ¿de dónde surgirán las hipótesis?.


UNA CIENCIA PERJUDICIAL

Cada día resulta más evidente que la ciencia ha creado y crea nuevos problemas al ser humano, como son cuestiones relacionadas con la energía nuclear, los cultivos transgénicos, la clonación, o el calentamiento global; esto ya se había producido con la Revolución Industrial. La razón última de las investigaciones que hacen daño a nuestra especie, sencillamente se hacen por que puede producir beneficios a alguien, aunque para alcanzar este objetivo perjudiquen a la inmensa mayoría, incluidas las generaciones próximas.

Aunque esto no es nada nuevo, muchos de los avances humanos que hoy disfrutamos en nuestros hogares, por ejemplo internet o algunas formas de conservación de alimentos, se deben al desarrollo de tecnologías que en principio iban destinados a la industria bélica, que es la que mayores presupuestos ha disfrutado a lo largo de la historia. Lo que sirve para la guerra, se puede consumir en tiempos de paz. ¿Pero quién sabe lo que se investiga hoy en la industria militar?.

Grupos de intereses no científicos, guían y dirigen hoy la ciencia. Los intereses del mercado-estado (“establishment”) prevalecen sobre los motivos genuinos de la ciencia y los científicos, y sobre las necesidades de sus receptores que deberían aglutinarse en la búsqueda del “bienestar humano” (concepto que es necesario redefinir, lo haremos en otra ocasión).

El secuestro de científicos por el sistema de poder, ha conducido a una proletarización funcionarial de sus actividades, que correlaciona inversamente con la creatividad que manifiestan. Un arquitecto, si pierde su condición artística, se transforma en un albañil. Esto es lo que se pretende e induce desde las gerencias políticas, para compatibilizar los descubrimientos posibles, con los intereses políticos y comerciales.

Se deben recordar las palabras de Ivan Illich (1926-2002), en su obra “Celebración del conocimiento”, que resumen lo que estamos diciendo: ”solamente una revolución cultural, que restablezca el control del hombre sobre su medio, puede reducir la violencia que se deriva del desarrollo de instituciones que solo sirven al interés y beneficio de algunos”.

La utilidad prima sobre la necesidad, afianzando las propuestas de Ricardo frente a las críticas de Marx, que se quejaba de los intereses capitalistas diciendo: “quisieran que la producción se ciñera exclusivamente a “cosas útiles” (aunque se podría traducir como bienes para el consumo), pero se olvidan de que la producción de demasiadas cosas útiles, va acompañada de demasiada gente inútil”.

La ciencia, que siempre ha sido una invitación a la esperanza, se está convirtiendo en envoltorio de intereses mercantiles y políticos, que llegará tarde o temprano a inducir la desconfianza en la sociedad que soporta sus consecuencias, sean positivas o negativas.

La ciencia no puede ser ajena a los intereses de la sociedad en que se desarrolla y debe superar los objetivos mercantiles y proselitistas del Estado-Mercado (“Establishment”) que la patrocina.

Esto requiere un cambio radical en la administración y gestión de los recursos y sus privaciones; si la sociedad no se organiza y exige un cambio de planes, que se ciña a los intereses que le procuren auténticos beneficios, estará condenada al olvido de sus expectativas, inducida a la desconfianza en sus investigadores, y a sufrir retrasos insoportables en la llegada del máximo bienestar posible.

Si permitimos que “la mano invisible” de Adam Smith siga dirigiendo las cosas, algún día descubriremos que en realidad era una zarpa, no una mano.

Numerosos pensadores, científicos, filósofos, se han unido desde hace décadas en el elevado objetivo de frenar el secuestro de la ciencia por sus proxenetas, pero lamentablemente sus discursos no llegan con facilidad al gran público, tal vez por que los medios de comunicación que deberían de transmitirnos sus palabras, estén gobernados por los mismos intereses de los que promueven las investigaciones científicas rentables.

Entre los pensadores que han dedicado buena parte de su vida a esta cuestión, se cuentan autores tan relevantes como los siguientes: Albert Einstein, Bertrand Russell, Fréderic Joliot-Curie, Bernard T. Feld, Victor Weiskopf, Joseph Rotblat, John D. Bernal, Stephen Jay Gould, Richard Lewontin, Ana María Cetto, Luis de la Peña, Noam Chomsky, Ivan Illich, Germinal Cocho, Steven Rose, Jean-Marc Lévy-Leblond, Pablo González Casanova, Tomás Brody, y muchos otros.

Los misterios de la ciencia, han sido desplazados por las miserias de la ciencia. Miseria y no misterio, es lo que conducirá la investigación científica en un futuro inmediato; durante el tiempo que dure, en tanto que se aleja de sus fines más honestos, viviremos una época de ciencia miserable, con el objetivo último de proporcionar excesivas prebendas a una minoritaria élite de privilegiados cóngeneres, que son absolutamente ajenos a su esencia y a nuestras necesidades, pero no a los beneficios que les van cada día separando más de nosotros.

Enrique Suárez
(01/11/206 - Paraserfeliz)

Alcatraces contra el viento

jueves, 30 de octubre de 2008

Querida Lou

RILKE A LOU ANDRÉAS-SALOMÉ EN GÖTTINGEN

París, 17 rue Campagne-Première
8 de junio de 1914

Querida Lou,

heme aquí al término de un largo, ancho y duro período, con el que caduca cierto futuro que no había sido fuerte y religiosamente alimentado, sino torturado hasta el aniquilamiento (algo en lo que, poco más o menos, soy inimitable). Si a veces, durante estos últimos años, había podido disculparme so pretexto de que algunos intentos por asentarme más humana y naturalmente en la vida fracasaron porque las personas concernidas no me habían comprendido, y me hacían sufrir ininterrumpidamente violencias, injusticias y prejuicios, precipitándome así en tan gran desasosiego, resulta ahora que después de meses de sufrimiento me encuentro orientado de muy diferente manera: teniendo que reconocer que, esta vez, nadie puede ayudarme. Y aunque alguien viniera con su alma más inocente, más inmediata, y encontrara su referencia en los mismos astros, aunque me soportara a pesar de mi torpeza y rigidez y conservara su pura e infalible disposición para conmigo; aun cuando el rayo de su amor viniera a estrellarse diez veces en la turbia y densa superficie de mi universo submarino, todavía sería yo capaz (lo sé ahora) de empobrecerlo en el seno de la abundancia de su ayuda renovada sin cesar, de encerrarlo en el irrespirable dominio de una ausencia total de ternura, hasta el punto en que, vuelto inaplicable su auxilio, pasara él mismo de la plenitud a la marchitez, hasta dar en una siniestra decadencia.

Querida Lou, desde hace un mes estoy solo otra vez, y es éste mi primer intento de volver a tomar conciencia —ya ves, así están las cosas. En resumidas cuentas, he experimentado muchas cosas durante estos acontecimientos; por el momento sigo constatando esto: que una vez más apenas si estaba a la altura de una tarea pura y alegre, en la que la vida, como si nunca hubiera tenido conmigo malas experiencias, volvía a venir hacia mí, misericordiosa. Desde ahora está claro que también ahí he vuelto a fracasar y que, lejos de avanzar, repetiré un año más este curso de dolor; y que cada día encontraré inscritas en la negra pizarra las mismas palabras, cuya triste flexión creí haber aprendido hasta el agotamiento.

Lo que tan radicalmente iba a cambiar mi angustia comenzó con muchas, muchas cartas, hermosas y ligeras como brotadas del corazón: que yo sepa nunca he escrito otras parecidas. (Era la época, te acuerdas, de la omisión de la «s»). En dichas cartas (cada vez lo comprendía mejor) ascendía una petulancia irresistible, como si me encontrara ante un nuevo y pleno brote de mi más peculiar esencia, que, liberada desde entonces en una comunicación inagotable, se esparcía por la vertiente más alegre al tiempo que yo, escribiendo día tras día, sentía su feliz corriente y el incomprensible reposo que le parecía preparado del modo más natural en un alma capaz de recogerlo.

Mantener pura y transparente esta comunicación y, al mismo tiempo, ni sentir ni pensar nada que se encontrara excluido por ella: eso fue lo que de una sola vez, sin que yo supiera cómo, llegó a ser la medida y la ley de mi actuar, y si jamás hombre alguno interiormente agitado pudo sosegarse, yo mismo lo fui con esas cartas. Esta ocupación diaria y mi relación con ella se me hicieron sagradas de una manera indescriptible, y desde entonces se apoderó de mí una confianza enorme, como si hubiera al fin encontrado una salida a ese penoso estancarme en circunstancias continuamente nefastas. Hasta qué punto estaba entonces comprometido en cambiar, podía notarlo igualmente en el hecho de que incluso las cosas pasadas, cuando se me ocurría contar algo de ellas, me sorprendían por el modo en que reaparecían; si, por ejemplo, se trataba de épocas de las que a menudo había hablado anteriormente, hacía hincapié en aspectos inadvertidos o apenas conscientes, y cada cual adquiría, por decirlo con la inocencia de un paisaje, una visibilidad pura, una presencia, y me enriquecía, formaba parte de mí mismo, tanto y de tal modo que por primera vez me parecía ser dueño de mi vida, no por una adquisición, por una explotación, por una comprensión interpretativa de cosas caducas, sino por esta misma nueva veracidad que se esparcía también a través de mis recuerdos.

nueve de junio de 1914, martes

Te envío, querida Lou, la hoja de ayer: comprenderás que lo que en ella describo ya no tiene vigencia y se ha perdido para mí; tres meses de realidad (frustrada) han dejado sobre todo ello como una dura y fría lámina de cristal, bajo la cual esa experiencia ya no me pertenece, como si estuviera colocada en la vitrina de un museo. El cristal refleja y en él sólo percibo mi viejo rostro,
anterior, el que tú tan bien conoces.

¿Y ahora? Después de un inútil intento de vivir en Italia, he vuelto aquí (hace ya quince días), deseoso de arrojarme a ciegas en cualquier ocupación; pero aún tan embotado y paralizado que apenas si puedo hacer otra cosa que dormir. Si tuviera un amigo le rogaría que viniera a trabajar conmigo cada día, en lo que fuera. Y cuando en el intervalo, de taciturno humor, pienso en el porvenir, imagino en primer lugar un tipo de trabajo que estuviera sometido a las condiciones exteriores, y alejado tanto como fuera posible de toda productividad personal. Pues desde ahora ya no dudo ni por un instante de que estoy enfermo, de una enfermedad que me ha gravemente corroído y cuyo foco se encuentra en lo que hasta entonces llamaba mi trabajo, de tal modo que por el momento no hay ningún refugio por ese lado.

Tu viejo

Rai

martes, 24 de junio de 2008

Deutsches Requiem

Jorge Luis Borges
(1899–1986)


Deutsches Requiem
(El Aleph, 1949)

Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.

Job 13:15


Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses, en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio[1]. En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, y a que de algún modo soy ellos.

Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.

Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable.

Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos; yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora, escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler, en el que hacía notar que el monumento más inequívoco de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo drama de Goethe[2] sino un poema redactado hace veinte siglos, el De rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el Partido.

Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos.

Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de auga o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar[3]. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.

En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades, más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz.

El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso, el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno. El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de las capitanes y el vocerío; no así en un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem.

Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel, en la obra Dichtung der Zeit, lo equipara con Whitman. La comparación no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquio Rosencrantz habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin sospechar que la secreta justificación de su vida es haber inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y [4]... A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte[5].

Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable.

Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. Todo, en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.) No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada la gloria y después la derrota.

En octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra casa natal, otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo. Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé, hasta dar con la verdadera.

Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas. También la historia de los pueblos registra una continuidad secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.

Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.

Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.


[1] Es significativa la omisión del antepasado más ilustre del narrador, el teólogo y hebraísta Johannes Forkel (1799-1846), que aplicó la dialéctica de Hegel a la cristología y cuya versión literal de algunos de los Libros Apócrifos mereció la censura de Hengstenberg y la aprobación de Thilo y Geseminus. (Nota del editor.)

[2] Otras naciones viven con inocencia, en sí y para sí como los minerales o los meteoros; Alemania es el espejo universal que a todas recibe, la conciencia del mundo (das Weltbewusstsein). Goethe es el prototipo de esa comprensión ecuménica. No lo censuro, pero no veo en él al hombre fáustico de la tesis de Spengler.

[3] Se murmulla que las consecuencias de esa herida fueron muy graves. (Nota del editor.)

[4] Ha sido inevitable, aquí, omitir algunas líneas. (Nota del editor.)

[5] Ni en los archivos ni en la obra de Soergel figura el nombre de Jerusalem. Tampoco lo registran las historias de la literatura alemana. No creo, sin embargo, que se trate de un personaje falso. Por orden de Otto Dietrich zur Linde fueron torturados en Tarnowitz muchos intelectuales judíos, entre ellos la pianista Emma Rosenzweig. “David Jerusalem” es tal vez un símbolo de varios indivíduos. Nos dicen que murió al primero de marzo de 1943; el primero de marzo de 1939, el narrador fue herido en Tilsit. (Nota del editor.)