jueves, 4 de octubre de 2007

Morir de sed en el mar


Las sutiles formas que adopta la represión han recorrido un largo camino hasta nuestros días. La época que nos corresponde vivir recuerda ciertamente el tránsito entre la caída de Roma y el nacimiento del cristianismo. A comienzos de la Edad Media, el saber perdió su valor, el conocimiento resultó inútil a partir de entonces durante los mil años siguientes.


Mientras que en Occidente la sabiduría se refugió en algunos monasterios, sencillamente desapareciendo de la atención de los que podían permitirse conocer, en el imperio romano de Oriente, y en las culturas china, hindú y árabe, siguió su curso, siempre reducido a los que disfrutaban del poder. Al contrario de lo que se puede pensar, en los albores del medievo y en el territorio que hoy comprende Europa, ni siquiera fue necesario ejercer represión alguna sobre el acceso al conocimiento, porque sólo fue necesario que Agustín de Hipona convirtiera las verdades en verdades reveladas.


La imagen de la Roma decadente tras haber alcanzado el máximo esplendor, resultó suficiente. Luego ocurrieron las barbaridades de la Santa Inquisición. Pero el conocimiento siempre estuvo restringido a unos pocos privilegiados, ésta es sin duda la forma de represión más clásica, que luego ha adoptado formas particulares y especializadas.

Realmente, el acceso al conocimiento no se hace popular hasta épocas muy recientes, y posteriores a la segunda guerra mundial, con la llegada de la democracia a Europa, y el auge económico que proviene del Estado del Bienestar. Se puede decir que la represión cultural había sido larga y penosa desde el siglo IV al XIX, pero parecía haberse superado a finales del siglo XX.

Lamentablemente no será así, porque actualmente está ocurriendo un fenómeno singular, la represión proviene precisamente de la saciedad, cuando en el pasado se debía a la carencia. Los gobiernos, las entidades que se ocupan de la educación, y los medios de comunicación, incluido el presente, están representando una parodia perversa.

¿Acaso se proporciona cultura cuando se deja encerrado a un analfabeto en una biblioteca?. La mayor parte de los ciudadanos occidentales disponen de acceso a un ordenador conectado a la red, con más conocimientos disponibles que los que podrían disfrutar si vivieran mil años. Hay tanto información acumulada, que resulta prácticamente imposible comenzar por algún sitio.

Con los actuales sistemas educativos de masas, más pendientes de adoctrinar que de permitir el flujo de conocimientos, estamos asistiendo al abandono a la inercia de la formación necesaria para adquirir información, por la sencilla razón de que en esta época de relativismos, los criterios fundamentados en valores, principios o ideas son escasos; hay una inercia de consumo que guía las vidas de la mayoría, y precisamente el conocimiento es algo que no se puede consumir pasivamente, por que requiere el esfuerzo de atender y comprender, y la parsimonia voluntaria de no dejar de hacerlo a lo largo de la vida.

No es cierto que vivamos en sociedades más cultas, porque cada dia haya disponibles más conocimientos, al contrario, vivimos en sociedades más analfabetas porque los conocimientos se han convertido en una especie de indescifrable código porque falta la estructura y el criterio para poder contenerlos y utilizarlos de forma eficiente y eficaz; a los jóvenes actuales no se les está educando en conocer, sino en consumir lo conocido, que es precisamente la mejor forma de enseñarles a desconocer.


El sueño de una cultura no represiva que manifestó Sigmund Freud en "El porvenir de una ilusión" se aleja más cada día. Resulta extravagante y patético, contemplar como la racionalidad fallece rodeada por la abundancia de posibilidades y recursos: es como morirse de sed en el mar.


Enrique Suárez Retuerta

miércoles, 3 de octubre de 2007

El clamoroso final de la prensa de papel

Hoy he vuelto a comprar un periódico, llevaba tiempo sin hacerlo, porque ahora prefiero leer las noticias en internet. He tenido una sensación extraña al pasar páginas y escuchar el crujido del papel entre mis manos. Fue como un salto hacia atrás en el tiempo.

Mis ojos se movían recorriendo las noticias, y no eran las noticias las que recorrían mis ojos fijos en una pantalla, sin tener que utilizar las manos permanentemente para deslizar la barra de la derecha del monitor, y he observado que la información de la prensa escrita sigue siendo fundamentalmente en blanco y negro, muy sosa, sin elementos dinámicos que brotan por doquier, aportando vida a la escena.

El poder mediático cambia de manos deprisa, y el medio está dejando de ser el mensaje. Hace unos días, leía que el sólido mercado de la pornografía se está resintiendo por la llegada de la oferta "amateur", y con la prensa ocurre lo mismo. Es la revolución del bricolage, que también alcanza el mercado de la opinión, hoy cualquiera tiene su propio blog, y la oferta y demanda de información se abre por completo, y por doquier.

Los medios informativos convencionales, a pesar de los esfuerzos, no se adapatan a los nuevos escenarios de la globalización. Las emisoras de radio se siguen escuchando en los atascos, los canales de televisión compiten por el segundo en que nos atrapen con su publicidad, por eso los anuncios se hacen cada vez más breves, y la prensa subvencionada se seguirá repartiendo gratuitamente en las instituciones públicas a cargo del erario común y la decisión del mecenazgo político correspondiente. Pero también ha surgido una prensa gratuita que se reparte en el metro y las cafeterías, y que la gente acabará leyendo.

Quizás ahora se descubra que lo que se paga al comprar un diario no es la desinformación que contiene, sino el criterio que mantiene. Una cuestión de fe para reafirmar que el mundo está fatal, y nuestra aversión por la política de los hechos consumidos por el fracaso de los gestores del presente, está sólidamente fundamentada.

Es un epifenómeno que convierte al reportero en gurú de una nueva religión más terrenal, y que tiene como máximo objetivo desenmascarar a los herederos de los dioses que dirigen nuestro desconcierto hasta sus parcelas electorales. Sí los periódicos se adaptan a este nuevo rol bíblico, talmúdico, coránico, tal vez puedan resistir unos años más. Y es que cada día, comprar determinados diarios, recuerda a un ritual de reafirmación ideológica como ocurrió en aquella época de los estertores del franquismo.

En ninguna otra obra humana, se puede contemplar mejor el principio de la selección darwinista, y la extinción de las especies informativas más dogmáticas. Esto ha tratado de subsanarse abriendo un centro comercial con cada ejemplar adquirido; con un periódico, hoy puedes llevarte también un cubierto, una figurilla, una bufanda de tu equipo de futbol, una peli de guerra o de amor, y descuentos para acudir a cualquier espectáculo. Pero de nada sirve, cuando el tiempo acosa, es implacable el destino.

Se acaba una era, la del formato papel en la información cotidiana, y las linotipias están a punto de ser reconvertidas en otra cosa. Las acciones de las papeleras descenderán, los bosques se dejarán crecer de forma natural; no le vendrá mal un respiro a esta Tierra esquilmada, y de paso se corregirán los excesos del cambio climático. Quevedo sigue vigente.

Pero hay una cuestión que realmente invita a la incertidumbre, incluso hasta el desasosiego: ¿con qué se envolverá el pescado de mañana, mañana?

Erasmo

sábado, 29 de septiembre de 2007

El progreso amorfo

Suele decir un buen amigo, que "el que hace, se hace", pero no veo yo que ese destino sea seguido hoy por muchos mortales. Las inercias cotidianas de nuestro tiempo más bien parecen imbuirnos de lo contraro, y el aforismo vigente sería el siguiente: "el que hace, se deshace", y explico el cambio de sentido.

Hoy, el que hace algo, bien o mal, lo hace pagando un precio muy elevado, el de soportar estoicamente las críticas, observaciones, matices, y sugerencias de todos los que no hacen, o mejor dicho de los que nada hacen, que son legión multitudinaria de espectadores que asisten al extraordinario espectáculo de la creación ajena.

Si alguien propone una nueva teoría, está obligado a resistir la criba a la que será sometido por los defensores de todos los antiguos regímenes, que en su fondo más íntimo tienen un alma fascista, y siempre se reúnen para estas cosas.

Tal vez por esto, el mundo avanza más despacio de lo que era de esperar, tras la revolución tecnológica, informática y mediática, en la que vivimos; el Santo Oficio hoy se encarga de demoler de forma inmediata todo lo nuevo que brota.

No importa que los objetivos de las novedades mejoren las condiciones vitales o la satisfacción de los ciudadanos, que deberían ser los criterios máximos de adecuación.

Hay neofobia en nuestra sociedad, y los neófobos se están convirtiendo en el último baluarte de resistencia ante el progreso. En buena parte se debe a las empresas que han almacenado especulativamente suficientes stocks de las producciones anteriores, esto ha ocurrido por ejemplo, con los televisores de plasma, que no han disminuido su precio hasta que las grandes compañías se han deshecho de lo almacenado.

Pero también es cierto que hoy, se considera progreso tirar un pedo colgado por los pies con los ojos cerrado; y quizás esta devaluación de lo nuevo, del concepto de progreso, también influya en la obstrucción desorganizada en que se agrupa la diletante legión de inmovilistas.

Ambos fenómenos, la devaluación de lo que se reconoce como progreso, junto con la resistencia a que se incorporen cosas nuevas, sino es tras un largo proceso de selección estricta de las novedades que llegan a la realidad, son muy interesentes para el análisis de la organización de nuestro futuro más inmediato.

Al fin y al cabo, lo que se aplica al progreso es el código de la ciencia racional, falsear las hipótesis hasta que se demuestre su certeza, y no se aplica el código del arte modernista, de considerar que todo lo nuevo es sublime.

Y debe aceptarse como bueno, porque realmente este mundo ha progresado por los avances científicos racionales, el arte para lo único que ha servido es para mostrarlo más atractivo.

En cuestiones de progreso, debemos fiarnos más de la filosofía y de la ciencia, que del arte o la política, que también es una extraña habilidad que permite convencernos de que lo bello es bueno, cuando todos sabemos que eso importa mucho menos que lo contrario, que lo bueno, en su conclusión, termine siendo hermoso; lo decía Aristóteles, desde el racionalismo armónico de sus asertos: la ética en su evolución acabará convirtiéndose en una estética.

Pero los políticos se empeñan en lo contrario, en hacernos ver que su estética particular del ventoseo extraordinario, se acabará convirtiendo en una ética universal de obligada aceptación. De que no hay nada más hermoso que lo amorfo, que es lo suyo.

Y es que los políticos hace mucho tiempo que dejaron de pensar en términos científicos o filosóficos, abdicando de cualquier racionalidad, para elevarse por los vericuetos de la creación artística, al menos, eso nos dicen y eso se creen ellos.

Erasmo

jueves, 27 de septiembre de 2007

Las canciones de balcón en un verano de Madrid

Sin ser excesivamente caluroso, este verano madrileño ha sido latino.

Después de ir a ver Júpiter, Antares y la Galaxia de Andrómeda por Miraflores, en una reunión un poco "flipante", en el regreso el hambre me llevó a un kiosoko con música, digo yo que dominicana, alta, muy alta. El dependiente se sonreía en su pequeño habitáculo, anhelando seguramente bailar, pero ¡pena!, no le cabía el bailongo en la tienduca.

Malasaña estaba tranquila y luminosa por la mañana. De un balcón salía un bolero, lo que me confirmó el Madrid Latino, casi caribeño; a ésta sensación contribuían, sin duda, las coquetas mulatas que pueblan, rotundas, la capital.

La tarde, más "cool", en un ático de Gran Vía me trajo a Dylan, Beatles y mucho Rolling. Se veían tantos tejados... Era todo lan ligero y VITAL. Mi compañera, con sus grandes ojos, sus ocurrencias y sus casi-Martinis completaba el paisaje de Las Letras, de ese hotel.

Y al día siguiente, andando y andando con una paz inesperada, ilusiones renovadas y el espíritu a reventar, escuchaba de vez en cuando melodías Kálidas, que me susurraban desde los balcones, balcones de los barrios de mi Madriz.


Bluess Vicente

lunes, 17 de septiembre de 2007

Antonio Escohotado: Partidos Democráticos


Locomotora actual del desarrollo, Internet recorta la mediación que se ha interpuesto tradicionalmente entre proveedores y consumidores, oferta y demanda, al permitir que un golpe de tecla invoque toda suerte de deseos. Como observa Gates, la propia velocidad del proceso convierte los bienes en servicios, y amenaza a cualquier intermediario que no incorpore valor añadido. Teniendo medios de transporte, ahora basta meter el producto en la red para que su ciclo se cumpla de principio a término. Esto habilita procesos de producción cada vez más largos o desdoblados, donde los factores se aprovechan al máximo, porque los bienes resultantes pueden venderse en un mercado mucho mayor, mucho más rápidamente. La inyección de efectivo derivada de ello eleva a su vez el periodo medio de producción, lo cual capitaliza cada etapa e incrementa la productividad del conjunto.

Así pues, representantes, delegados, almacenistas y hasta la vieja tienda llena de dependientes aprenderán nuevos oficios y venderán cosas distintas, de manera distinta también. Tras el teléfono, la radio y el televisor, que redujeron progresivamente la incomunicación por razones geográficas, la malla que conecta ordenadores de todo el planeta minimiza hasta extremos inauditos la distancia entre emisores y receptores de productos. Contiguos hasta el extremo en que ahora están, productores y consumidores sencillamente tienen más tiempo: los unos para confeccionar su oferta, y los otros para decidir su demanda. Lógicamente, quienes no tienen tanto tiempo son los propios vehículos materiales del cambio –las empresas del punto com-, que compiten frenéticamente por usuarios.

Así es la realidad económica, no menos que la pedagógica, la científica y la lúdica. La realidad política desconoce aún este asalto general a la lejanía física. Los plazos del mandato representativo, y las modalidades previstas para tomar decisiones, se adaptan a tiempos de las Cortes de Cádiz, donde enviar una señal de Pamplona a Málaga y de allí a Tenerife, con vuelta, tomaba un año o poco menos, y la comisión otorgada al político debía adaptarse a eso mismo. Innecesario es añadir que ese intercambio se hace ahora en una centésima de segundo, casi gratis en términos energéticos, con imagen de alta definición y sonido hi-fi.

De hecho, el horizonte actual devuelve el mandato representativo a la desnudez de las asambleas democráticas clásicas, donde –como en las polis griegas o los cantones suizos- los ciudadanos votan lo primordial de cada cuestión, y sólo delegan en legisladores y gobernantes sus aspectos reglamentarios o administrativos. Fue al aparecer las democracias modernas, establecidas sobre territorios muy vastos y grandes poblaciones, cuando la imposibilidad de congregar a los mandantes cada mes o cada dos otorgó al mandatario poderes no sometidos a otra fiscalización que un voto de censura (de sus colegas en la clase política) y nuevas elecciones. Solucionada gracias a la red telemática esa congregación de los mandantes, sin necesidad siquiera de acudir a un recinto exterior, lo que se plantea es una cuestión del mayor interés.

¿Seguirá siendo la representación política una modalidad espúrea del mandato intervivos, y digo espúrea porque el mandante no puede aquí supervisar –y modificar- en todo momento la gestión del mandatario, como exigen el Código civil y el mercantil, sino conformarse con votar a otro en las siguientes elecciones? ¿O más bien se adaptará esa delegación al fin de la distancia geográfica, que permite intervenciones puntuales de la ciudadanía? Si lo primero persiste, aceptaremos que -en vez de constituir un mandato intervivos propiamente dicho- la delegación política sea una variante de la facultad testamentaria, donde podemos nombrar albacea pero en ningún caso rectificar sus decisiones. Para que prospere lo segundo será preciso tomar conciencia de que el conventus publicus vicinorum, venerable congreso de los paisanos, es en buena medida la world wide web, Internet.

Recordemos que en todo régimen democrático hay un poder constituyente anterior y superior a su división en legislativo, ejecutivo y judicial. Ese poder se expresa en el derecho de la ciudadanía o “pueblo” a ser consultado por vía de referendo en ciertos asuntos –como los principios constitucionales-, y también en el de dictar legislación mediante “iniciativas”, que son referendos instados por los ciudadanos. Nuestra Constitución reconoce dicho derecho, como casi todas las demás del planeta, si bien entorpece en realidad su ejercicio, como muestra su forma de regular el referendo y la iniciativa. El uno será siempre “consultivo” (esto es, no vinculante); la otra exige medio millón de firmas “autenticadas” (por un notario, un secretario judicial o el secretario municipal), y “no procederá en materias propias de ley orgánica, tributarias, de carácter internacional o relativas al derecho de gracia” (artículo 87,3).

En 23 años de democracia sólo ha habido un referendo (sobre la retórica cuestión de la OTAN); iniciativa, ni media. ¿Cómo podría haberlas si requieren una inversión inicial tan grande, y no podrán versar sobre aquello que más interesa? Y ¿por qué instar la convocatoria de referendos, si no han de ser vinculantes para quienes hacen y aplican las leyes? Pero las consecuencias de vetar este acceso están a la vista. Por ejemplo, unos 85 de cada 100 españoles preferirían disfrutar de eutanasia o buena muerte en vez de tanasia o muerte a secas, si bien llevamos siglos –confirmados por la última reforma del Código Penal- castigando duramente el empleo de eutanásicos.

Quizá porque los partidos llamados democráticos tienen su lado de máquinas atrapa-votos, no conciben perder el sufragio de esos 15 entre cada 100 que se declaran anti-eutanasia. Mientras los 85 restantes carezcan de medios para hacer valer su deseo, votarán a los atrapa-votos disponibles en función de otras consideraciones (carisma, eficacia general, intereses particulares), con lo cual cada uno evitará perder el sufragio disidente, que al fin y al cabo representa un goloso 15 por 100.

Esta dinámica preside bastantes más asuntos, donde el mandatario suplanta por una razón u otra al mandante. En realidad, se diría que las suplantaciones son regla, allí donde decidir tal o cual cosa supone perder el apoyo de algunos, aunque sean minoría, puesto que no enajena en la misma medida el apoyo de la mayoría. A la mayoría se le ofrecen eslóganes como los enarbolados –“vamos a más”, “la Moncloa será su casa”, promesas análogas en el plano autonómico-, y al optar por las distintas ternas o por la abstención dejará de ser mayoría, como lo era para el tema puntual de la eutanasia. En vez de pronunciarse sobre asuntos, limitará su intervención a pronunciarse sobre gestores. Desde luego, quien dice eutanasia dice bastantes otros temas, que me gustaría ir precisando en artículos ulteriores.

Esto no significa pretender que la clase política sea algo prescindible hoy. Sin ella estaríamos todavía en alguna variante de salvación en sentido estricto, con distintos aspirantes al trono de mesías-médium, obedecidos por fanáticas y aterradas masas. A pesar de sus circos e hipotecas, esa clase representa cierta ilustración en tiempos de generalizado marketing, y negarlo es demagogia, apelación al rencor del triste o a la ingenuidad del idiota. Por otra parte, sostener el sombrajo de la democracia pide seguir democratizándola, y demorar ese paso defrauda el núcleo del proyecto republicano, que es asumir cada uno responsabilidad por lo común, convirtiendo el individualismo espontáneo en un individualismo ético. A diferencia de la religión, inevitablemente arropada por moralinas, la ética tiende a coincidir con el “individualismo bien entendido” (Tocqueville), donde se cumple el principio de no hacer a otro aquello que no queremos que otro nos haga, la cláusula general de reciprocidad.

Como otras organizaciones jerárquicas, la profesión política se sentiría puenteada si su entrega al bien común se complementase con consultas sobre lo que sus electores consideran bien común en cada caso. No obstante, entramos en una organización reticular y no jerárquica del mundo, sin otro centro que distintos nudos, donde orden ya no es sinónimo de mandar u obedecer. Echo de menos, pues, algún partido propiamente democrático, que defienda un programa de consultas al censo y promueva iniciativas suyas, sintiéndose llamado a hacer preguntas antes que decretos. Aunque la explosión en las comunicaciones ha cogido por sorpresa a ciudadanías que se resignaban a un intermediario-albacea, mitigado sólo por periódicos comicios para elegir nuevos intermediarios-albaceas, no pierdo las esperanzas de que dicha sorpresa se convierta en un nuevo cauce de libertad y responsabilidad. Así de ingenuo es uno.

Antonio Escohotado2003
Artículos