lunes, 4 de julio de 2011

Miserias de la Ciencia


La ciencia no es ajena a sus creadores, está modelada a imagen y semejanza de las preocupaciones e intereses de quienes se dedican y ocupan de ella (sesgo interno), pero también a las preocupaciones e intereses de quienes proporcionan o limitan los recursos necesarios para que pueda desarrollarse (sesgo externo), y por supuesto, imbuida de la colección de creencias de su momento histórico, de las condiciones en las que se desarrolla (sesgo circunstancial).

En un mundo como el nuestro, organizado desde criterios económicos e intereses políticos, la ciencia está sometida a limitaciones ajenas a su esencia y posibilidad. La ciencia ya no sigue una evolución propia, genuina, auténtica, como ocurría en el pasado; más bien, es un instrumento al servicio del poder en todas sus formas.

En estos primeros años del siglo XXI, numerosos hallazgos científicos deben su existencia a la acumulación de diversas subvenciones, concedidas con nepotismo a los investigadores más afines, que incluyen la impronta del mecenazgo oficial (sesgo público o de Estado), mientras que otros se han producido por que algunos empresarios han visto posibilidades de negocio en su ejecución (sesgo privado o de Mercado).

Al contrario que en el pasado, escasos descubrimientos del presente deben su existencia a la genialidad inventora de individuos independientes, ocupados y preocupados de los problemas de su tiempo, y las necesidades de la sociedad que les acogía. La ciencia, sufre tal cantidad de sesgos y lastres en nuestros días, que se ha empobrecido y enrarecido como nunca antes lo había hecho, desde su aparición hace 25 siglos.

Ni en la Edad Media, estuvo la ciencia tan sometida al poder como en nuestro tiempo. Hoy no es necesaria la Santa Inquisición, para concluir con las pretensiones más honestas de los investigadores, basta con someterlos a la nómina mensual, al objetivo de equipo, al interés general, a lo políticamente necesario, o a lo más rentable para la empresa, para que se quemen todos sus sueños. Hoy somos mucho más civilizados, no es necesario quemar a los científicos en las hogueras, basta solo con incinerar sus ideas en el horno de la burocracia, o en la lumbre del olvido.

Hay una peligrosa paradoja que está aconteciendo hoy en el ámbito de la ciencia. La ciencia se ha socializado por completo, se ha organizado socialmente desde criterios políticos, sin haber llegado a establecerse previamente su control social, desde criterios sociales independientes, por lo que su orientación se vincula cada día más al poder en todas sus formas y menos a las auténticas necesidades de la sociedad. Esto resulta muy peligroso en sus comienzos, pero estoy seguro de que empeorará.

No cabe la menor duda que se está produciendo un retroceso moral en las finalidades últimas de la ciencia, por no hablar sobre cuestiones éticas. En el largo proceso de creación científica, las necesidades humanas han pasado de ser objetivo prioritario, a una cuestión simplemente secundaria, instrumental.

La ciencia, se organiza en función de las necesidades de autores, promotores y patrocinadores, pero no está nada claro que las motivaciones de los inductores de la actividad científica, coincida con las necesidades perentorias de los seres humanos en los que deberían redundar sus beneficios.

El interés prácticamente exclusivo por la ciencias aplicadas, ha desplazado a las básicas del tradicional altruismo que ha guiado la ciencia, por una simple cuestión de utilitarismo. Son cada vez más escasas y excepcionales las ocasiones en que la ciencia no sigue la lógica de la rentabilidad. Un ejemplo en el ámbito de la salud es lo que se ha venido denominando como “enfermedades extrañas”, que al no ser padecidas por una cantidad “rentable” de ciudadanos, no reciben recursos para investigarlas.

La ciencia no está hoy al servicio del hombre, ni se ocupa exclusivamente de la resolución de sus problemas; por el contrario, sirve a los intereses patrimoniales de sus auténticos dueños, que son siempre los que la financian, no los que la hacen.

Nos lo recuerda Javier Flax, en su obra “Ciencia, poder y Utopía: las posibilidades de la ciencia en Argentina” (Siglo XXI, 1992): “La investigación científica siempre se halla condicionada, sea básica o aplicada, directa o indirectamente, explícita o implícitamente, por mucho que les pese a aquellos científicos que prefieren vivir en la ilusión de un saber inmaculado"

Con la acumulación de logros científicos, comunicaciones inmediatas, y procesamientos informáticos, prácticamente han desaparecido las investigaciones más genuinas, desarrolladas en la soledad de un laboratorio. Hoy los congresos internacionales o las revistas temáticas, no desvelan más que las líneas de investigación de los principales grupos organizados. La ciencia se ha sometido definitivamente al control del poder, con lo que ha perdido su libertad de acción.

En cada proyecto científico que surge, se organizan diversos escenarios de investigación entrelazados a lo largo del mundo, que desarrollan su actividad al mismo tiempo, incluso de forma escalonada, o fragmentaria. Hay ejemplos como el proyecto Genoma, la investigación del Sida, o determinados productos farmacéuticos, lo que contribuye a la alienación del trabajo de los científicos, que solo poseen una parte del resultado, alejándoles del resultado fina, y por supuesto de su control.

La eficiencia en la utilización de recursos consigue siempre una eficacia razonablemente aceptable, pero no avances geniales, no saltos cualitativos. La ciencia programada se hizo en la Unión Soviética durante décadas y se observó, como la competitividad occidental, que no la inteligencia, logró resultados más importantes en todos los ámbitos. La evolución de la ciencia auspiciada, se está aproximando cada día más al nefasto desarrollo de la política agraria en la extinta Unión Soviética de la época de Breznev y sus planes quinquenales, donde se cultivaba el hambre del futuro.

El azar y la casualidad, han desaparecido del escenario científico, cometiéndose un error muy grave. Que el fin último de la ciencia sea explicar y predecir, resolver las ecuaciones hipotético-deductivas, obtener resultados rentables, no puede reducir la percepción y el criterio científicos, exclusivamente a la posibilidad de horizontes próximos, de metas accesibles. La ciencia necesita de la utopía como nosotros necesitamos de los sueños.

Las utopías también forman parte de la ciencia, y los hallazgos casuales, como la serendipity o el eureka, deben seguir constituyendo una opción de esperanza en los investigadores. Un mundo plenamente controlado y planificado nunca puede ser un mundo libre. Si se excluye la inducción, la perspicacia, la curiosidad, y los motivos personales del proceso científico, ¿de dónde surgirán las hipótesis?.


UNA CIENCIA PERJUDICIAL

Cada día resulta más evidente que la ciencia ha creado y crea nuevos problemas al ser humano, como son cuestiones relacionadas con la energía nuclear, los cultivos transgénicos, la clonación, o el calentamiento global; esto ya se había producido con la Revolución Industrial. La razón última de las investigaciones que hacen daño a nuestra especie, sencillamente se hacen por que puede producir beneficios a alguien, aunque para alcanzar este objetivo perjudiquen a la inmensa mayoría, incluidas las generaciones próximas.

Aunque esto no es nada nuevo, muchos de los avances humanos que hoy disfrutamos en nuestros hogares, por ejemplo internet o algunas formas de conservación de alimentos, se deben al desarrollo de tecnologías que en principio iban destinados a la industria bélica, que es la que mayores presupuestos ha disfrutado a lo largo de la historia. Lo que sirve para la guerra, se puede consumir en tiempos de paz. ¿Pero quién sabe lo que se investiga hoy en la industria militar?.

Grupos de intereses no científicos, guían y dirigen hoy la ciencia. Los intereses del mercado-estado (“establishment”) prevalecen sobre los motivos genuinos de la ciencia y los científicos, y sobre las necesidades de sus receptores que deberían aglutinarse en la búsqueda del “bienestar humano” (concepto que es necesario redefinir, lo haremos en otra ocasión).

El secuestro de científicos por el sistema de poder, ha conducido a una proletarización funcionarial de sus actividades, que correlaciona inversamente con la creatividad que manifiestan. Un arquitecto, si pierde su condición artística, se transforma en un albañil. Esto es lo que se pretende e induce desde las gerencias políticas, para compatibilizar los descubrimientos posibles, con los intereses políticos y comerciales.

Se deben recordar las palabras de Ivan Illich (1926-2002), en su obra “Celebración del conocimiento”, que resumen lo que estamos diciendo: ”solamente una revolución cultural, que restablezca el control del hombre sobre su medio, puede reducir la violencia que se deriva del desarrollo de instituciones que solo sirven al interés y beneficio de algunos”.

La utilidad prima sobre la necesidad, afianzando las propuestas de Ricardo frente a las críticas de Marx, que se quejaba de los intereses capitalistas diciendo: “quisieran que la producción se ciñera exclusivamente a “cosas útiles” (aunque se podría traducir como bienes para el consumo), pero se olvidan de que la producción de demasiadas cosas útiles, va acompañada de demasiada gente inútil”.

La ciencia, que siempre ha sido una invitación a la esperanza, se está convirtiendo en envoltorio de intereses mercantiles y políticos, que llegará tarde o temprano a inducir la desconfianza en la sociedad que soporta sus consecuencias, sean positivas o negativas.

La ciencia no puede ser ajena a los intereses de la sociedad en que se desarrolla y debe superar los objetivos mercantiles y proselitistas del Estado-Mercado (“Establishment”) que la patrocina.

Esto requiere un cambio radical en la administración y gestión de los recursos y sus privaciones; si la sociedad no se organiza y exige un cambio de planes, que se ciña a los intereses que le procuren auténticos beneficios, estará condenada al olvido de sus expectativas, inducida a la desconfianza en sus investigadores, y a sufrir retrasos insoportables en la llegada del máximo bienestar posible.

Si permitimos que “la mano invisible” de Adam Smith siga dirigiendo las cosas, algún día descubriremos que en realidad era una zarpa, no una mano.

Numerosos pensadores, científicos, filósofos, se han unido desde hace décadas en el elevado objetivo de frenar el secuestro de la ciencia por sus proxenetas, pero lamentablemente sus discursos no llegan con facilidad al gran público, tal vez por que los medios de comunicación que deberían de transmitirnos sus palabras, estén gobernados por los mismos intereses de los que promueven las investigaciones científicas rentables.

Entre los pensadores que han dedicado buena parte de su vida a esta cuestión, se cuentan autores tan relevantes como los siguientes: Albert Einstein, Bertrand Russell, Fréderic Joliot-Curie, Bernard T. Feld, Victor Weiskopf, Joseph Rotblat, John D. Bernal, Stephen Jay Gould, Richard Lewontin, Ana María Cetto, Luis de la Peña, Noam Chomsky, Ivan Illich, Germinal Cocho, Steven Rose, Jean-Marc Lévy-Leblond, Pablo González Casanova, Tomás Brody, y muchos otros.

Los misterios de la ciencia, han sido desplazados por las miserias de la ciencia. Miseria y no misterio, es lo que conducirá la investigación científica en un futuro inmediato; durante el tiempo que dure, en tanto que se aleja de sus fines más honestos, viviremos una época de ciencia miserable, con el objetivo último de proporcionar excesivas prebendas a una minoritaria élite de privilegiados cóngeneres, que son absolutamente ajenos a su esencia y a nuestras necesidades, pero no a los beneficios que les van cada día separando más de nosotros.

Enrique Suárez
(01/11/206 - Paraserfeliz)

Alcatraces contra el viento

jueves, 30 de octubre de 2008

Querida Lou

RILKE A LOU ANDRÉAS-SALOMÉ EN GÖTTINGEN

París, 17 rue Campagne-Première
8 de junio de 1914

Querida Lou,

heme aquí al término de un largo, ancho y duro período, con el que caduca cierto futuro que no había sido fuerte y religiosamente alimentado, sino torturado hasta el aniquilamiento (algo en lo que, poco más o menos, soy inimitable). Si a veces, durante estos últimos años, había podido disculparme so pretexto de que algunos intentos por asentarme más humana y naturalmente en la vida fracasaron porque las personas concernidas no me habían comprendido, y me hacían sufrir ininterrumpidamente violencias, injusticias y prejuicios, precipitándome así en tan gran desasosiego, resulta ahora que después de meses de sufrimiento me encuentro orientado de muy diferente manera: teniendo que reconocer que, esta vez, nadie puede ayudarme. Y aunque alguien viniera con su alma más inocente, más inmediata, y encontrara su referencia en los mismos astros, aunque me soportara a pesar de mi torpeza y rigidez y conservara su pura e infalible disposición para conmigo; aun cuando el rayo de su amor viniera a estrellarse diez veces en la turbia y densa superficie de mi universo submarino, todavía sería yo capaz (lo sé ahora) de empobrecerlo en el seno de la abundancia de su ayuda renovada sin cesar, de encerrarlo en el irrespirable dominio de una ausencia total de ternura, hasta el punto en que, vuelto inaplicable su auxilio, pasara él mismo de la plenitud a la marchitez, hasta dar en una siniestra decadencia.

Querida Lou, desde hace un mes estoy solo otra vez, y es éste mi primer intento de volver a tomar conciencia —ya ves, así están las cosas. En resumidas cuentas, he experimentado muchas cosas durante estos acontecimientos; por el momento sigo constatando esto: que una vez más apenas si estaba a la altura de una tarea pura y alegre, en la que la vida, como si nunca hubiera tenido conmigo malas experiencias, volvía a venir hacia mí, misericordiosa. Desde ahora está claro que también ahí he vuelto a fracasar y que, lejos de avanzar, repetiré un año más este curso de dolor; y que cada día encontraré inscritas en la negra pizarra las mismas palabras, cuya triste flexión creí haber aprendido hasta el agotamiento.

Lo que tan radicalmente iba a cambiar mi angustia comenzó con muchas, muchas cartas, hermosas y ligeras como brotadas del corazón: que yo sepa nunca he escrito otras parecidas. (Era la época, te acuerdas, de la omisión de la «s»). En dichas cartas (cada vez lo comprendía mejor) ascendía una petulancia irresistible, como si me encontrara ante un nuevo y pleno brote de mi más peculiar esencia, que, liberada desde entonces en una comunicación inagotable, se esparcía por la vertiente más alegre al tiempo que yo, escribiendo día tras día, sentía su feliz corriente y el incomprensible reposo que le parecía preparado del modo más natural en un alma capaz de recogerlo.

Mantener pura y transparente esta comunicación y, al mismo tiempo, ni sentir ni pensar nada que se encontrara excluido por ella: eso fue lo que de una sola vez, sin que yo supiera cómo, llegó a ser la medida y la ley de mi actuar, y si jamás hombre alguno interiormente agitado pudo sosegarse, yo mismo lo fui con esas cartas. Esta ocupación diaria y mi relación con ella se me hicieron sagradas de una manera indescriptible, y desde entonces se apoderó de mí una confianza enorme, como si hubiera al fin encontrado una salida a ese penoso estancarme en circunstancias continuamente nefastas. Hasta qué punto estaba entonces comprometido en cambiar, podía notarlo igualmente en el hecho de que incluso las cosas pasadas, cuando se me ocurría contar algo de ellas, me sorprendían por el modo en que reaparecían; si, por ejemplo, se trataba de épocas de las que a menudo había hablado anteriormente, hacía hincapié en aspectos inadvertidos o apenas conscientes, y cada cual adquiría, por decirlo con la inocencia de un paisaje, una visibilidad pura, una presencia, y me enriquecía, formaba parte de mí mismo, tanto y de tal modo que por primera vez me parecía ser dueño de mi vida, no por una adquisición, por una explotación, por una comprensión interpretativa de cosas caducas, sino por esta misma nueva veracidad que se esparcía también a través de mis recuerdos.

nueve de junio de 1914, martes

Te envío, querida Lou, la hoja de ayer: comprenderás que lo que en ella describo ya no tiene vigencia y se ha perdido para mí; tres meses de realidad (frustrada) han dejado sobre todo ello como una dura y fría lámina de cristal, bajo la cual esa experiencia ya no me pertenece, como si estuviera colocada en la vitrina de un museo. El cristal refleja y en él sólo percibo mi viejo rostro,
anterior, el que tú tan bien conoces.

¿Y ahora? Después de un inútil intento de vivir en Italia, he vuelto aquí (hace ya quince días), deseoso de arrojarme a ciegas en cualquier ocupación; pero aún tan embotado y paralizado que apenas si puedo hacer otra cosa que dormir. Si tuviera un amigo le rogaría que viniera a trabajar conmigo cada día, en lo que fuera. Y cuando en el intervalo, de taciturno humor, pienso en el porvenir, imagino en primer lugar un tipo de trabajo que estuviera sometido a las condiciones exteriores, y alejado tanto como fuera posible de toda productividad personal. Pues desde ahora ya no dudo ni por un instante de que estoy enfermo, de una enfermedad que me ha gravemente corroído y cuyo foco se encuentra en lo que hasta entonces llamaba mi trabajo, de tal modo que por el momento no hay ningún refugio por ese lado.

Tu viejo

Rai

martes, 24 de junio de 2008

Deutsches Requiem

Jorge Luis Borges
(1899–1986)


Deutsches Requiem
(El Aleph, 1949)

Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.

Job 13:15


Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses, en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio[1]. En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, y a que de algún modo soy ellos.

Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.

Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable.

Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos; yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora, escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler, en el que hacía notar que el monumento más inequívoco de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo drama de Goethe[2] sino un poema redactado hace veinte siglos, el De rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el Partido.

Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos.

Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de auga o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar[3]. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.

En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades, más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz.

El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso, el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno. El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de las capitanes y el vocerío; no así en un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem.

Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel, en la obra Dichtung der Zeit, lo equipara con Whitman. La comparación no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquio Rosencrantz habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin sospechar que la secreta justificación de su vida es haber inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y [4]... A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte[5].

Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable.

Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. Todo, en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.) No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada la gloria y después la derrota.

En octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra casa natal, otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo. Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé, hasta dar con la verdadera.

Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas. También la historia de los pueblos registra una continuidad secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.

Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.

Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.


[1] Es significativa la omisión del antepasado más ilustre del narrador, el teólogo y hebraísta Johannes Forkel (1799-1846), que aplicó la dialéctica de Hegel a la cristología y cuya versión literal de algunos de los Libros Apócrifos mereció la censura de Hengstenberg y la aprobación de Thilo y Geseminus. (Nota del editor.)

[2] Otras naciones viven con inocencia, en sí y para sí como los minerales o los meteoros; Alemania es el espejo universal que a todas recibe, la conciencia del mundo (das Weltbewusstsein). Goethe es el prototipo de esa comprensión ecuménica. No lo censuro, pero no veo en él al hombre fáustico de la tesis de Spengler.

[3] Se murmulla que las consecuencias de esa herida fueron muy graves. (Nota del editor.)

[4] Ha sido inevitable, aquí, omitir algunas líneas. (Nota del editor.)

[5] Ni en los archivos ni en la obra de Soergel figura el nombre de Jerusalem. Tampoco lo registran las historias de la literatura alemana. No creo, sin embargo, que se trate de un personaje falso. Por orden de Otto Dietrich zur Linde fueron torturados en Tarnowitz muchos intelectuales judíos, entre ellos la pianista Emma Rosenzweig. “David Jerusalem” es tal vez un símbolo de varios indivíduos. Nos dicen que murió al primero de marzo de 1943; el primero de marzo de 1939, el narrador fue herido en Tilsit. (Nota del editor.)